Quetzalcóatl en el Olimpo

Pilar Quintero Sahagún

A mi Conejo preferido

¿Habrán sido mal intencionados los señores que le invitaron (le insistieron) a que degustara primero un poco (apenas unos tragos), después uno, dos, tres, hasta cinco vasos del delicioso neutle (la carne y la sangre de la hermosa Mayahuel))?

Quetzalcóatl, Quetzalcóatl, ¡ay Quetzalcóatl!, el misterioso Quetzalcóatl, como nos cuentan los huehuetlanhtolli, se embriagó con pulque (que como sabemos es casi alucinógeno) y se puso primero locuaz, después payaso, luego de lo chillón pasó a lo impertinente y dijo e hizo gran cantidad de acciones y palabras bochornosas: intentó violar a su hermana!!!, aunque lo peor fue un acto de divinofagia (canibalismo entre dioses) que cometió y si bien se trataba de un diosecillo menor que de todos modos no iba a sobrevivir al tiempo, fue algo deleznable.

Al despertar de la borrachera se incorporó tembloroso, al principio con dificultad reconoció sus propias habitaciones y aunque sólo recordaba vagamente la noche anterior, supo de inmediato que no iba a soportar la vergüenza, por lo que decidió alejarse de los suyos. Con el fin de despejarse sacudió su cabeza, estiró los brazos y se enjuagó la boca, para de inmediato iniciar los preparativos de su partida.

Preparó un itacate donde metió apenas un par de aguacates, un par de tortillas, un bule con agua y dos pequeñísimas cajas mágicas: una con una gota de la pintura azul que tanto le gustaba y otra con una gota de los residuos del neutle que había en una de las jícaras que él y sus amigos habían utilizado la noche anterior. Miró detenidamente su casa y buscando consuelo bebió un enorme trago de aire, después cerró los ojos mientras con la mano derecha cubría suavemente su boca. Fue en este momento íntimo de despedida cuando, silenciosamente, su tochtli favorito entró de un salto al bultito que había organizado Quetzalcóatl y adentro se acomodó entre las tortillas y se quedó profundamente dormido.

Serpiente Emplumada tomó el rumbo del oriente para encaminarse al enorme mar. Triste y desesperado vagó largo tiempo dudando de su propia divinidad, recorrió las serranías y las costas; pasaba el tiempo y él solamente caminaba, lloraba y ayunaba. Conforme avanzaba su ayuno se le acababan las lágrimas y se profundizaba su oración. Hasta que, como iluminado por un relámpago, llegó a comprender que la divinidad se encuentra en todas las aristas del cielo, del inframundo y de la naturaleza; también había divinidad en sus propias faltas y hasta en los pensamientos de los humanos e incluso en el neutle.

  • ¡Qué bueno que antes de dejar el Tamoanchan haya guardado una pequeñísima gota del elíxir de los magueyes! Pensó Quetzalcóatl.

En ese instante de iluminación y paz comprendió que todos los dioses eran él mismo, que estaba hecho -a su vez- de la fuerza y la materia de los otros dioses que tenían otros defectos… y también de dioses que él todavía no conocía. En ese momento en el Olimpo hubo un estallido de júbilo, los dioses helenos fueron conmovidos testigos de esta epifanía y llenos de curiosidad y admiración le enviaron a Quetzalcóatl un auriga de fuego para que fuera a visitarlos al Olimpo.

Las epifanías son un momento que nadie puede traer puesto todo el tiempo, así que en este punto el agotado y autodesterrado Quetzalcóatl primero se enfadó al sentirse observado; después recordó que en su recorrido había pensado algo sobre la posibilidad de dejar de controlar su entorno y aceptar la belleza de la incertidumbre… en fin, no estaba en condiciones de resistirse; el Olimpo no estaba lejos, llegaría en apenas unos cuantos minutos (naturalmente medidos en el tiempo de los dioses), así que Quetzalcóatl aceptó la invitación.

Los dioses griegos que eran tan afectos a las pasiones y a los excesos recibieron al dios americano entre aclamaciones y abrazos. Por largo tiempo se realizaron conciertos, desfiles y representaciones, pasarelas y banquetes; Quetzalcóatl con el fin de corresponder a los honores de que era objeto, tuvo la mala idea de sacar de su itacate la caja con la gota de pulque que llevaba para compartirla con sus anfitriones. Los festejos se prolongaron tanto que, por momentos, Serpiente Emplumada perdía el sentido del tiempo y la noción de por qué se encontraba ahí.

Por suerte al llegar al Olimpo, súbitamente, su tochtli preferido despertó y en todo momento fue un guía y un apoyo para nuestro héroe. El tochtli preferido de Quetzalcóatl era un teporigo llamado Tío Polito, quien por ser el más dientón de su tribu y haber nacido en luna llena, desde muy pequeño (Tío Polito nació ya sabido) fue designado como confidente y consejero de Serpiente Emplumada. Aquí es necesario señalar que Tío Polito, antes de que entrara al itacate –cuando partieron de su tierra- dejó una nota que decía ¡volveré!, aparentemente firmada por el dios americano (al final decidió agregarle: ¡y seré millones!).

Quetzalcóatl, que también le gustaba que le dijeran Kukulkán, a través de los años conoció de primera mano todos los vericuetos del poder en los cielos y las tierras del Mediterráneo, él y el conejo vieron y departieron confraternizando con (casi) todos los habitantes del Olimpo. Los dioses eran (salvo algunas honrosas excepciones) narcisistas, distantes, autocomplacientes, egoístas, prepotentes, megalómanos, antipáticos y a veces crueles o tóxicos: sí, en esos tiempos así eran los dioses aquí y allá; los héroes y los profetas eran un poquito menos peores.

Quetzalcóatl al principio entusiasmado los aguantó, degustó y libó con ellos, abrió su corazón y se hizo su confidente. Serpiente Emplumada pagó con la ebriedad el honor de ser la estrella en turno que brillaba en el Olimpo; es verdad,  también peleó y con ellos fornicó y ¡claro! tuvo hijos, dos: Lupétocles y Lupidias, héroes que por su valor y su sabiduría, pasado el tiempo, se hicieron famosos en todos los rincones de los cinco continentes y de los nueve cielos.

Las madres de ambas criaturas no quisieron hacerse cargo de sus vástagos y después de borrar cualquier parecido que con ellas pudieran tener, rápidamente se los entregaron a Serpiente Emplumada; pero -¡oh misterio de los dioses!- estos tampoco se parecían a Kukulkán sino que eran el vivo retrato de Tío Polito, es decir: orejones, dientones, de ojos expresivos y patas saltarinas, que a la larga resultaron –también- voluntariosos y buenos para dar consejos. Tal parecido suscitó una serie de suspicacias, rápidamente atajadas por la intachable reputación que se había conquistado Tío Polito; pero además, cabe decir, que a esas alturas del partido, las relaciones que había hecho Quetzalcóatl en el Olimpo ya casi se habían agotado.  

Al principio a Quetzalcóatl casi se le bajó la borrachera, no sabía qué hacer con unos hijos nacidos en tierras extrañas y si bien las madres de los pequeños los desconocieron sin miramientos, todos los demás dioses del Olimpo (a pesar de las fricciones) los recibieron de buen grado, incluso muchos de ellos querían ser sus padrinos y se apresuraron a regalarles dones maravillosos.

Kukulkán sin embargo ya quería regresarse a su tierra, extrañaba las tortillas, el chile, las pirámides, a sus hermanos, además en el Olimpo había muchas intrigas y no era tan divertido como se pudiera creer, su belleza en pocas ocasiones era bonita, todos eran muy intensos, se llevaban mal y cada quien andaba en su rollo, en algunas partes realmente parecía un hoyo negro (no en muchas).

Buscando encontrar una salida El Teporingo uso su prestigio e inició –con éxito- una serie de conversaciones para dar un retiro decoroso a Quetzalcóatl, también las autoridades del Olimpo estaban interesados en resolver el problema; el mismo Zeus organizó una ceremonia, donde les dio nombre a los infantes y decidió (sin consenso) que conservaran algunos de los atributos divinos de sus progenitores.

  • La inmortalidad es una chingadera, de ninguna manera la quiero para mis hijos. Dijo Serpiente Emplumada en un tono innecesariamente alto (mientras bebía otro trago de neutle).
  • ¡Qué bruto!, desde que llegaste no has dejado de decir barbaridades, otra vez nos vas a arruinar la libación, a mí nada me importa, de todos modos les voy a hacer mi regalo. Lo frenó Atenea a quién nada le gustaba.
  • Ustedes no se ven tan contentos y no se nota que la inmortalidad los haya mejorado mucho. Respondió Kukulkán haciendo a un lado a Tío Polito que le murmuraba algo al oído.
  • Yo tampoco voy a renunciar a darles mis regalos. Señaló con firmeza Ares. ¡Sabes qué?, no estás aquí a fuerzas. Murmuró Hermes.
  • Cansada de los problemas, Hera -como la señora de la casa- atajó a todos:

Ya es muy tarde, se acaban sus tragos y se van o se comportan…

Hubo protestas y abucheos, por aquí y por allá se oyeron gritos burlones diciendo:

  • ¡Ja, ya te vino a salvar nuevamente Tío Polito, no? Todos se daban cuenta del respeto y el afecto que sentía Hera por Tío Polito: su sabiduría, su redonda figura, su voz alambicada, el valor que había mostrado en algunas acciones de armas en que participó la habían conquistado; además era el único capaz de controlar a Serpiente Emplumada cuando se ponía melancólico o insolente (y a otros).

Muchos no quisieron quedarse, pero Tío Polito, Zeus y el Consejo del Olimpo acordaron el regreso decoroso (a corto plazo) de Kukulkan a tierras americanas. En honor de Quetzalcóatl y Tío Polito se levantarían monumentos, se acuñarían monedas, se bautizarían regiones y se celebrarían unos juegos olímpicos interminables en las tierras de Grecia; a éstos asistirían dioses de toda la Vía Láctea; además como gesto de buena voluntad, una comisión de dioses helenos los acompañarían hasta tierras americanas y habría, periódicamente, visitas reciprocas para velar por el bienestar de los críos.

Por otro lado, los miembros del Consejo mucho insistieron a Tío Polito que se quedara por lo menos otros cuantos siglos en el Olimpo, pero el leal teporingo no dudo en rechazar tantas y tan seductoras propuestas, dejando en claro y sin lugar a dudas que tenía un compromiso con Quetzalcóatl y que con él regresaría a tierras americanas, en donde, después de instalar adecuadamente a Lupétocles y a Lupidias, se dedicarían a la meditación, además,  también, Tío Polito ya extrañaba a su país.   

Lupétocles y Lupidias fueron bendecidos con el don de la carne, el de la transmigración y el de la elocuencia; tendrían amplias facultades para cultivar la memoria y la estrategia, también podrían asomarse al futuro y ejecutar el milagro de los panes: pero sobre todo serían dotados de bondad y sentido de la justicia.  Aunque se irían con su padre, estarían bajo el cuidado y la orientación de Tío Polito.  

Su regreso a América coincidió con la llegada de unos españoles muy desaliñados que al final resultaron ser bastante malvados y se quedaron largo tiempo. Fue en ese entonces que  Lupétocles se hizo guerrero, en Tlatelolco resistió y cayó con los suyos; después de ese periodo ha participado en todas las transformaciones y batallas en defensa de su pueblo; recientemente se le ha visto en las colonias populares del país, construyendo calles, parques y locales, participando en asambleas, marchas, plantones, diputaciones y otros cargos, etc.

Lupidias por su parte, se dedicó a la reflexión y a la ciencia. Desde que llegó al país de su padre, ha hecho una enorme y minuciosa tarea al reseñar estas gestas y no ha escatimado esfuerzos en la defensa y difusión de las tradiciones, la cultura y la historia de nuestra América; también ha realizado un importante trabajo en la defensa de los derechos de los conejos, los dioses y las personas.

Aquí es necesario señalar que el presente escrito se basa (en gran medida) en un poderoso documento inmemorial llamado “Crónicas de Lupídias”. Este patrimonio documental se encontraba secuestrado en la vieja Residencia Oficial de los Pinos y apenas en días recientes (cuando subió a la presidencia Ya Sabes Quien) salió a la luz pública con toda su impresionante fuerza probatoria.

12 de Diciembre, 2018

Pilar Quintero Sahagún
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Licenciada en Historia por la ENAH, con cursos sobre: poesía (Facultad de Filosofía y Letras, UNAM); Cine Directo (CUEC-UNAM); Cineclubismo en México (Dirección de Actividades Cinematográficas, UNAM); Mejoramiento Barrial de América Latina (Centro de la Vivienda-CEPAL); Historia del Movimiento Obrero (Facultad de Ciencias Políticas, UNAM-Fundación Hebert); Diplomado en Museonomía (Pinacoteca Virreinal-INBA). Entre otras actividades, ha sido alfabetizadora en comunidades campesinas en Tlaxcala (1976); profesora de Artes Plásticas en el Centro de Educación Preescolar y Primaria del STUNAM (77-79); participante en el Programa “Talleres Productivos y Educación Continua” del Instituto Nacional de Educación para Adultos (84); Directora Editorial de la Editorial Antártica (90-92); Directora del Foro Cultural Azcapotzalco (98-2000).




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