El EZLN en el escenario de la 4ta. Transformación.
Enrique Velázquez Zárate

Las declaraciones del Subcomandante Moisés a 25 años de la rebelión del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), excitaron una indeseable polémica muy polarizada, particularmente con quienes están comprometidos con el proyecto de la Cuarta Transformación, liderada por Andrés Manuel López Obrador, Jefe de Estado y de Gobierno de la República a partir del 1 de diciembre de 2018.

Al respecto vale recordar que el EZLN sorprendió al país y al mundo, al grito de ¡Ya basta!, cuando el 1 de enero de 1994 promovió un asonada armada en San Cristóbal de Las Casas, Las Margaritas, Altamirano, Chanal, Ocosingo, Oxchuc, Huixtán, Chalam, Simojovel y San Andrés Larráinzar, sustentada en la Primera Declaración de la Selva Lacandona[1], precisamente cuando entró en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), exigiendo la renuncia de Carlos Salinas de Gortari y en defensa de derechos colectivos e individuales, prescritos a los pueblos indígenas mexicanos.

Ni duda cabe que las exigencias y propuestas del levantamiento zapatista, concretadas en la Ley para el Diálogo, la Conciliación y la Paz Digna en Chiapas, aprobada por unanimidad en el Congreso de la Unión el 11 de marzo de 1995, siguen vigentes y que es válido que se reclame el cumplimiento de los Acuerdos de San Andrés Larráinzar (16 de febrero de1996), traicionados por los gobiernos de Ernesto Zedillo Ponce de León, Vicente Fox Quesada (reforma constitucional de 2001), Felipe Calderón Hinojosa y Enrique Peña Nieto.

Al respecto, vale señalar que el EZLN aceptó, desde enero de 1994, negociar con el Gobierno Federal y el Congreso de la Unión un marco legislativo para el cumplimiento de los Acuerdos de San Andrés, lo cual significó renunciar a la vía militar y optar por la vía del diálogo y el consenso la regulación constitucional y secundaria para defender y garantizar los derechos y la cultura indígena. Ciertamente, la traición de los citados gobiernos justifica el enojo, el desencanto y la desconfianza del EZLN.

No obstante, el zapatismo debiera valorar el significado de las elecciones de 2018, en el sentido de que el triunfo de AMLO fue, por un lado, tan avasallante que los partidos neoliberales y sus cómplices (PRD y MC) se han convertido en una débil oposición; y por otro, que la denominada Cuarta Transformación supone, al menos, una intención de navegar por rumbos diferentes al del neoliberalismo, sin significar, desde luego, un modo de producción distinto, digamos socialista, por ejemplo, que tal vez esté en el imaginario del EZLN.

Por otra parte, quienes están comprometidos y lideran la Cuarta Transformación desde diversas fronteras, debieran valorar el significado histórico del movimiento del EZLN, comprender su enojo, desencanto y desconfianza, pero sobre todo la validez y vigencia de los Acuerdos de San Andrés Larráinzar, para no descalificarlo, por más que las declaraciones del Subcomandante Moisés sean muy radicales.

Así las cosas, sería deseable que las partes comprendieran las situaciones antes citadas y aceptaran dialogar para consensar la vigencia de los Acuerdos de San Andrés Larráinzar y, por tanto, reformar el marco legislativo, las políticas públicas y la estructura institucional que satisfaga a todos los mexicanos. 

En este sentido, retomando la experiencia histórica, al parecer la opción más viable sería que el Ejecutivo Federal, a través de la Secretaría de Gobernación, promoviera un símil de la Comisión Nacional de Intermediación (CONAI), atendida tanto por personalidades expertas en el tema como por actores sociales y políticos, sobre todo pero no exclusivamente, que participaron en los Acuerdos de San Andrés, con legitimidad para convocar a instituir una Comisión de Diálogo en la que participen el EZLN, el Congreso de la Unión y el Poder Judicial.

La problemática indígena del país y su expresión zapatista están y estarán ahí y, por tanto, es imperativo re-valorar sus demandas y propuestas; a la vez que la Cuarta Transformación está y estará ahí, apoyada por millones de mexicanos, con la intención de proyectar al país reconociendo la importancia de los pueblos y comunidades indígenas. Esperemos que las partes comprendan la situación la una de la otra, y construyan un consenso que resuelva la problemática atendiendo sus causas sustanciales, apremiando una alternativa que tenga un significado histórico para el país y el mundo, de tal manera que se construya un mundo en el que quepan muchos otros mundos.


[1]Fortalecida por la emisión de la Segunda (10 de junio), Tercera Declaración (1 de enero de 1995)[1] y Cuarta Declaración (1 de enero de 1996).

Enrique Velázquez Zárate
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Egresado de la Facultad de Economía (UNAM). Catedrático de la UAS y de la UAG. Investigador en temas económicos, sociales y políticos con ensayos y artículos publicados en libros, revistas y periódicos. Integrante y asesor de movimientos y organizaciones sociales para el impulso de alternativas de desarrollo regional ambientalmente sustentable. Jurado de la convocatoria para el financiamiento de proyectos de organizaciones sociales y asociaciones civiles por parte de la Jefatura de GDF y la Agencia Internacional Novib. Director de Atención a Pueblos y Comunidades Indígenas, DIF-DF. Integrante del Grupo Coordinador del Estudio para el Programa Nacional México sin Hambre, realizado por la FAO. Asesor Parlamentario en las Cámaras de Diputados y de Senadores.




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