Los retos de ser gobierno para la izquierda
Plinio Soto Muerza

En México la izquierda llegó al gobierno como resultado de años de lucha y sacrificios. Atrás quedaron la marginalidad, los muertos, las cárceles, la tortura, el mito que anunciaba el festín de niños, el odio de clase. En cientos de municipios y en los palacios de gobierno de varias entidades de la federación, pulularon exmilitantes, exguerrilleros, que se convirtieron en flamantes funcionarios. Desde  finales de los noventa, en el país se vislumbró como parte de la normalidad democrática, el reconocimiento de triunfos y derrotas electorales de una izquierda gobernante que buscó permanecer en los espacios de decisión gubernamental a partir de su gestión en los mismos.

 

Ser gobierno significó el arribo de la izquierda a la forma que vincula al Estado con la sociedad con base al sufragio. El debate sobre la actuación de la izquierda en el gobierno se convirtió en tema obligado en foros y revistas. En términos objetivos, la experiencia gubernamental masiva de la izquierda al frente de los aparatos burocráticos exige ya la valoración de su gestión gubernamental

 

Habiendo enterrado viejas formaciones discursivas, adoptando nuevas significaciones desde la coyuntura 1989-1992, el reto de ser gobierno dejó de ser un reclamo y pasó a convertirse en tema cotidiano de la izquierda, aún aquella que se mantuvo en la marginalidad y en discursos guerrilleristas, que tarde o temprano definieron su postura de frente a los gobiernos de la izquierda electoral. Estar al frente de un gobierno ya sea municipal o estatal, representó un reto permanente debido al compromiso histórico de la izquierda con la transformación de la realidad. Pronto quedó claro, que desde el gobierno no se puede dejar a un futuro incierto las promesas de un presente mejor. Al tener una responsabilidad pública la izquierda tiene condiciones para dar respuestas, no sólo exigirlas: la izquierda tiene que solucionar los problemas sociales que la derecha no ha podido ni puede solucionar.

 

Cualquier expresión organizativa que se ubique a la izquierda y tenga responsabilidad de gobierno, no puede evadir el reto de gobernar bien y mejor, entendiendo que ser buen gobierno significa un proceso de transformación de las relaciones sociales, es decir, un proceso que tenga como característica la implementación de medidas gubernamentales que alteren las relaciones actuales de dominio de clase, además del mejoramiento de las condiciones materiales de vida de las clases dominadas en su cotidianidad. Realizar un buen gobierno implica la modificación sustancial de la noción de la propia administración pública, como bien lo apuntó Beatriz Stolowicz: “no basta con invertir las conductas de los gobiernos conservadores para ofrecer honestidad y voluntad de servicio público, sino que se debe crear una concepción nueva de la administración pública como instrumento para fines radicalmente diferentes”[1].

 

La izquierda como gobierno tiene ante sí el reto de demostrar una administración pública diferente, alternativa a la existente; no para administrar pobreza sino para distribuir la riqueza; no para avasallar a los gobernados sino para servirlos; no para conservar privilegios sino para abolirlos. Con lo que una nueva concepción de la administración pública implica la difusión de una ciudadanía gobernante.

 

Acceder al gobierno pone en práctica la capacidad de resolución de los problemas sociales por parte de la izquierda. Problemas sociales que las clases dominadas claman como urgentes.

 

En México, el desempleo, la falta de servicios en salud pública y en educación, la creciente violencia que desgarra las relaciones sociales y pone en peligro la misma convivencia democrática; el déficit de vivienda para las nuevas generaciones, la depredación del medio ambiente traducido en la irracional tala de las selvas y los bosques; la ausencia de políticas para el uso equitativo de la riqueza marina que no condene el porvenir de las futuras generaciones; la insatisfacción social por los servicios públicos: drenaje, luz, pavimentación; la proliferación de mafias organizadas que imponen su ley fundada en el terror y el miedo al secuestro, al asesinato, a la desaparición forzada; el comercio informal que abre grandes boquetes a las finanzas públicas; el narcotráfico que encierra dependencia política y militar a los EU; la corrupción, la impunidad nunca solucionada, etc., son problemas que exigen soluciones claras, urgentes, viables, por parte de los gobiernos de izquierda, a niveles municipales y estatales, porque estos problemas se resienten en los espacios de convivencia más pequeños: el barrio, la colonia, la comunidad, el ejido.

 

Los problemas sociales, originados por el antagonismo de clases, presionan la labor gubernamental de la izquierda, y su solución es una demanda impostergable de difícil solución en la actual etapa neoliberal, dificultad que no puede ser justificación de inmovilidad y pasividad gubernamental. Las clases dominadas, los ciudadanos de nuestra democracia, no pueden esperar más: “la satisfacción de sus demandas populares constituye uno de los núcleos más sensibles moral y políticamente a los que se enfrenta la izquierda al acceder al gobierno y uno de más difícil resolución en las actuales coyunturas”[2].

 

En medio del proceso de reestructuración capitalista, la izquierda enfrenta graves dificultades para resolver los problemas que el capitalismo origina, y cuya solución final sería la eliminación de las relaciones sociales de tipo capitalista. La dificultad de  solución a las demandas más apremiantes de las clases dominadas estriba, en el neoliberalismo, en dos causas fundamentales: 1) A la propia dinámica de desigualdad del modo de producción capitalista, que permite una natural expropiación de la riqueza socialmente producida por una clase, en medio de la lógica del libre mercado sin límites, además la ausencia de una propuesta alternativa viable para sustituir tal dinámica; 2) A los márgenes que impone el capitalismo, como la falta de recursos económicos que frenan las acciones que los gobiernos de izquierda han contemplado en forma discursiva. La estrechez de los recursos es un verdadero flagelo que impide a los gobiernos izquierdistas, desarrollar estrategias contundentes y permanentes para solucionar los problemas sociales y los conduce en muchas situaciones, a una posición de desencanto, consumiendo sólo el papel de administradores de crisis, volviéndose indiferentes a las exigencias de las clases dominadas.

 

Como administradores de crisis, los gobiernos de izquierda asumen un papel estratégico dentro de los proyectos de gobernabilidad de las clases dominantes, como apunta Stolowicz: “los gobiernos de izquierda pueden ser tolerados y hasta financiados internacionalmente a condición de no alterar la gobernabilidad del sistema, es decir si se inscriben en la funcionalidad de cualquier gobierno local”[3]. En este nivel, las organizaciones de izquierda transmutan en su contorno, es decir, al caer en la indiferencia, la dispersión de su programa de gobierno y en la desesperación para no cumplir sus promesas, se alejan de una posición crítica al orden social, a la realidad excluyente y pasan a una posición de defensa del orden establecido. De una posición de izquierda se trasladan a una posición de derecha. En este caso, la izquierda se pierde, se desdibuja completamente y el discurso raya en los márgenes de la retórica y la demagogia.

 

En México, los gobiernos de izquierda se enfrentan a una realidad excluyente, a un capitalismo que no ha dejado su lógica de desigualdad económica y que si bien ha permitido una normalidad democrática, no ha permitido en ningún sentido, la creación de alternativas. Las políticas de gobernabilidad, como estrategias de dominación influyen para que los gobiernos de izquierda se vean acotados y en ocasiones reducidos en sus acciones. Estas estrategias permiten la reducción de presiones u demandas populares sobre el propio Estado evitando dar solución efectiva a la lógica desigual del capitalismo que observa y se preocupa en mantener tasas de ganancias para una clase social. Hasta la actualidad, la democracia que es permitida dentro de los proyectos de gobernabilidad de las fuerzas sociales dominantes se concentra en lo electoral y representativo, permitiendo la alternancia de gobiernos y no de proyectos económicos y sociales alternativos al capital.

 

La izquierda también se enfrenta como gobierno, a fuerzas sociales que alientan el orden y la realidad existente, que dan su voto y su respaldo al proyecto capitalista neoliberal, a las clases dominantes que mantienen sus consensos y hegemonía preservando la dirección del Estado. Estas fuerzas sociales han buscado aliados entre las clases dominadas y han logrado, a partir del uso y empleo aparatos ideológicos y represivos del Estado, mantenerse al frente de la sociedad, dirigiéndola e imponiéndole formas discursivas y modelos de desarrollo. En la lucha política, las fuerzas sociales partidarias del orden, controlan la mayoría de los aparatos ideológicos que juegan un papel decisivo en la reproducción social. La ideología de las clases dominantes se adapta a las exigencias del avance del neoliberalismo. Esgrimiendo conceptos como productividad, eficacia  y eficiencia, han invadido la administración pública con connotaciones diferentes a la propuesta por la izquierda, e incluso adoptando al frente del gobierno, parámetros ideológicos de las fuerzas sociales partidarias de la realidad excluyente.

 

Los gobiernos de izquierda también se mueven entre llamados a la productividad y la  eficacia de la administración pública, pero han caído en las redes ideológicas de las clases dominantes, cancelando su creatividad para sostener y profundizar desde los espacios gubernamentales proyectos administrativos diferentes[4]. En su intento de parecerse a gobiernos de derecha los gobiernos de izquierda no entienden que su reto y obligación, es buscar alternativas a la ideología dominante, es gobernar para las clases dominadas, facilitando la irrupción de su ideología y su visión del mundo. El gobierno puede ser empleado para crear consensos diferentes, para permitir una nueva forma de ver lo público a favor de los dominados, no es sólo para reproducir lo que la ideología dominante establece.

 

La lucha política es también lucha ideológica, y desde los gobiernos de izquierda debe lucharse contra la visión del mundo de clases dominantes, buscar a partir de acciones gubernamentales tendientes a la alteración de las relaciones sociales, la liberación de las fuerzas sociales dominadas.

 

La alianza de las fuerzas sociales dominantes con fuerzas sociales dominadas, a favor del orden de lo establecido, a cambio de limitadas conquistas, permite el cerco político e ideológico a los gobiernos de izquierda, los cuales no pueden evitar la confrontación y su única salida viable no es otra que la creación de nuevos consensos entre las clases dominadas para resistir la embestida de los partidarios del orden establecido y evitar su transmutación a una posición de derecha en el ejercicio de gobierno. Los nuevos consensos estarán en función de la acción gubernamental de la izquierda.

 

Es necesario ejercer el poder, que permite el gobierno, en compañía de las clases dominadas o mejor dicho; ¡las clases dominadas deben de ejercer el poder del gobierno! Los gobiernos de izquierda tienen perspectiva si se acompañan con los dominados, sólo así podría romperse la ideología dominante que permite la reproducción de la desigualdad económica y social, lo que se traduciría en nuevos consensos para una nueva hegemonía que permita desarrollar acciones gubernamentales que posibilitan la transformación de la sociedad.

 

Los gobiernos izquierdistas en la lucha política por los consensos y hegemonía enfrentan un problema en su interior: las debilidades organizativas de las expresiones de izquierda que afectan enormemente las decisiones gubernamentales.

 

En México, las pugnas al interior de lo que fue el PRD, las debilidades propias de otros partidos pequeños como el PT, la permanente división y confrontación entre las diversas expresiones organizativas, locales y regiones, y la autocensura del EZLN de no aspirar al poder -pese a que lo ejercen en sus territorios autónomos-, han impedido hasta el momento acciones decisivas por parte de una izquierda que al ser gobierno, sus decisiones se confundieron y lo que sobrevino fue una multiplicidad de anuncios sin contenidos prácticos: la demagogia se convirtió en característica de los gobiernos pretendidamente  de izquierda.

 

La mistificación del pasado es otra debilidad de la izquierda al frente del gobierno. En la actual coyuntura de globalización y de una economía – mundo, entendida esta como una internacionalización de las economías y finanzas, los gobiernos de izquierda al encaminar sus acciones gubernamentales a la reivindicación del pasado indígena o al periodo cardenista, quedaron al margen de las demandas que hay que resolver. Está claro que no es con una intervención corporativa del Estado en la vida social, ni es con la defensa a ultranza de la tierra y los indígenas, como los gobiernos de izquierda pueden a partir de consensos nuevos, transformar la realidad. Lo primero inhibe la participación consciente e independiente de las clases dominadas, lo segundo, se reduce a grupos específicos en la formación social mexicana, pero que pueden representar los intereses de las demás clases sociales dominadas que desarrollan formas de lucha muy diferentes[5].

 

Los gobiernos de izquierda requieren que sus organizaciones no tengan divisiones, pugnas y esbocen cargas míticas en su acción política. Necesita por el contrario, expresiones democráticas, fuertemente cohesionadas, desarrollando dinámicas a partir de la propia organización de las clases dominadas, con estudio y formación, con una visión acorde a las exigencias de una sociedad que vive una profunda re acumulación del capital. Las expresiones de la izquierda requieren de vocación de poder, entendiéndolo como la preparación consciente y permanente que una organización política brinda a sus cuadros en aras de alcanzar espacios de decisión gubernamental para implementar políticas de acuerdo a sus objetivos estratégicos de dominio y dirección.

 

Es demasiado riesgoso que los gobiernos de izquierda abracen el populismo, ello facilita que la demagogia domine sus discursos y nulifique su acción política. Los gobiernos de izquierda requieren de consensos que sirvan de base para alcanzar sus objetivos y ello sólo es posible a través de prácticas democráticas al interior de sus expresiones organizativas lo cual significa a su vez la derrota de las tentativas populistas.

 

La potencialidad de un gobierno de izquierda descansa en la permanencia y continuidad de sus expresiones organizativas, en la transformación de su fuerza electoral en fuerza política, capaz de alcanzar el nivel de fuerza social impulsora de grandes acciones. En los noventa, la falta de continuidad en el PRD, lo llevó a desdibujarse en muchos sentidos; a caer en el populismo como referente discursivo, y a perder su confianza como opción de gobierno. Por su parte, el EZLN no logró trascender su fuerza política en fuerza social quedándose a la orilla del poder.

 

El futuro de los gobiernos de izquierda pasa por el reto de la construcción de organizaciones fuertemente cohesionadas, democráticas en sus prácticas, de dimensiones nacionales con preparación y formación para dirigir y dominar. Ajenos deben ser las organizaciones corporativas, antidemocráticas, populistas, improvisadas, débiles en sus propuestas y en su visión del mundo, aisladas de una realidad siempre cambiante, y con visiones localistas. La izquierda, como posición política, clama superar sus debilidades organizativas, impulsando un proceso de consolidación de sus expresiones previo al acceso de los espacios de decisión gubernamental.

 

No es del gobierno de donde provienen las líneas de consolidación de las organizaciones, sino que existe un proceso previo que parte de la misma fundación, de sus lineamientos, de sus prácticas. Un gobierno será de izquierda logrando su consolidación, si sus expresiones que lo sostengan, tengan una formación ideal para el ejercicio público; será democrático si sus expresiones organizativas que lo concretizan son democráticas; será posible una transformación de la realidad, si las expresiones organizativas de izquierda no sólo reivindican tal hecho, sino que la impulsa con sus prácticas, siendo congruentes con sus planteamientos y con sus acciones; si las organizaciones izquierdistas que se convierten en gobiernos practican la congruencia entre la teoría y la práctica, entre los discursos y las acciones.

 

La ampliación de la participación social en las esferas de decisión gubernamental, es otro gran reto de los gobiernos de izquierda para el nuevo siglo[6]. El medio por el cual un gobierno de izquierda puede construir las bases para la transformación de la realidad, no puede ser otro que la ampliación de los espacios de participación de las clases dominadas. La participación de los excluidos puede ser directa o indirecta, por participación directa se entendería el proceso por el cual las clases dominadas intervienen en todos los medios de decisión sin intermediación, desde comités vecinales, barriales, escuela, hasta los cabildos y gabinetes gubernamentales. Por participación indirecta, entendemos, aquel proceso en el cual las clases dominadas intervienen en el proceso en los niveles de decisión mediante una intermediación o representación legítima de sus intereses.

 

Las políticas a implementar por gobiernos de izquierda, no pueden reducirse a llamados electorales, como fue su característica hasta finales de los noventa, cuando se hizo notorio el abandono discursivo de la propuesta socialista e incursionó por completo en la lucha electoral como medio para convertirse en gobierno. Las políticas de la izquierda deben girar en la creación de los espacios necesarios para la participación de las clases dominadas, desde la discusión y análisis, el debate y votación de los presupuestos a nivel municipal, hasta aquellos espacios que garanticen el fin de la dominación de una fuerza social sobre las restantes, con el objetivo de lograr una libertad de realización para todas las fuerzas sociales.

 

La izquierda en el siglo XXI, tendrá que avocarse a la construcción de espacios de poder compartidos entre los dominados, es decir, darles poder. En ese sentido apunta André Gorz: “El ejercicio del poder es de izquierda únicamente si produce espacios liberados del dominio, en los cuales la acción y la organización libres les permite a los hombres, en cuanto sujetos de lograr, realizar la propia libertad, en el plano individual y social”[7]

 

Los espacios liberados se construyen en la lucha política, no se aíslan de las fuerzas sociales, las acompañan una u otra posición política. La tarea de la izquierda es hacer que los espacios de poder, liberados de dominación, sirvan como los motores de la transformación social, y no sean espacios para el mantenimiento de una realidad opresiva.

 

La ampliación de la participación social, a la par de significar la construcción de espacios de poder por las clases dominadas en las decisiones importantes de la vida social, denota de igual forma, la construcción de una ciudadanía gobernante; ciudadanía que entiende la participación social como una obligación cotidiana promoviendo la idea rectora de que toda decisión gubernamental no puede provenir de un solo grupo o fuerza social que imponga rumbos, formas de ser y pensar, es decir, modelos de sociedad.

 

La participación social puede concretizarse en los espacios de poder que las clases dominadas construyan, lo mismo en las zonas rurales que en las urbanas. Los Consejos de Participación Ciudadana, los Consejos Vecinales, los Consejos Obreros, Consejos Urbanos, Consejos Campesinos, Consejos Estudiantiles, son espacios que pueden representar la construcción de un poder alternativo, controlados por las clases dominadas en su camino a ser dominantes para la transformación de la realidad. La participación social es crucial en la construcción de los nuevos consensos.

 

Por su parte, la ciudadanía gobernante asume los intereses colectivos de todas las fuerzas al interior de la sociedad en un proceso social que de ninguna manera puede ser espontáneo. La ciudadanía gobernante observa el proceso de participación y toma de decisiones en unidad. Por ejemplo, el sufragio no termina en una representación popular sino que abarca la participación en las decisiones presupuestales y de decisión de prioridades nacionales.

 

Los espacios de poder para la participación y toma de decisiones de una ciudadanía gobernante, implica el reconocimiento de una democracia para el ejercicio de la autoridad, es decir, de una democratización de las instituciones en la sociedad, que desde un gobierno de izquierda puede lograrse plenitud, ya que sólo a partir de los espacios de participación y toma de decisiones, a lograrse desde un gobierno de izquierda, se asegura a las clases dominadas la certidumbre de que su voz será escuchada, creándose las condiciones necesarias para nuevas prácticas políticas que aseguren un marco político-legal favorable a las fuerzas dominadas convertidas en una ciudadanía gobernante.

 

Ninguna organización de izquierda puede gobernar sola, es decir, interpretarse como una organización única al frente del aparato gubernamental; como posición política permite que las clases dominadas se expresen como gobierno sin que ninguna se arrope el derecho de ser considerada vanguardia alguna, expresada en una organización o partido. Un gobierno de izquierda al fomentar la participación social e ir transformando clases dominadas en ciudadanos gobernantes, irá resolviendo algunos problemas sociales. La sola resolución de las demandas urgentes de la sociedad significaría la transformación de la lógica excluyente del capitalismo, en su actual etapa neoliberal, para darle paso a nuevas relaciones de producción que impactarían en las instancias económicas, políticas, culturales e ideológicas de la sociedad. Nuevas relaciones que estarían consensuadas por las fuerzas sociales.

 

La transformación de la realidad no puede provenir de decretos, leyes o medidas administrativas, ni tampoco de una vanguardia, doctrina o voluntad individual, la izquierda tanto en su dimensión teórica como práctica, ha de permitir acciones concretas de gobierno donde las propias clases dominadas tracen la construcción social de nuevas relaciones sociales. La izquierda ha de permitir desde el gobierno, la posibilidad de luchar y tener espacios de apoyo para la formación de una fuerza social capaz de ser poder. Llegar al gobierno no puede medirse en términos puramente electorales y esperar la reafirmación de un gobierno cada periodo electoral; implica resolver problemas sociales implementando acciones que incluso pongan en riesgo la confirmación electoral inmediata, máxime cuando aún la izquierda se enfrenta a una estrategia conservadora de gobernabilidad, donde la oportunidad de regresar al gobierno por parte de las fuerzas sociales a favor del poder excluyente y del orden actual del desarrollo capitalista, es permanente.

 

Toda acción de gobierno que favorezca a las clases dominadas llevará un consenso para pedir la confirmación electoral, por lo que la izquierda no puede tener miedo a perder una elección por implementar una acción gubernamental que no provoca espectacularidad en el desarrollo, pero sí sienta las bases para la configuración de la fuerza social que pueda transformar la realidad y la alteración de las relaciones sociales. La labor de la izquierda no se queda en una elección, no puede reducirse a entender la democracia en sus límites representativos, que tiende a volverse una trampa mortal para la izquierda, al excluir toda tentativa de posibilidad transformadora de la propia democracia llevándola a entenderla como garante del orden existente.

 

Los retos de gobierno que enfrenta la izquierda son por tanto de dominio y dirección administrativa, en una configuración de eficacia gubernamental en corto y mediano plazo.

 

Así las cosas, los retos de gobierno que enfrenta la izquierda en su dimensión teórica y práctica pueden agruparse en cuatro temas: 1) La administración óptima de los recursos públicos, 2) La creación de consensos, 3) La creación de una fuerza social y 4) Mantener vigente la propuesta de la transformación social.

 

La administración óptima de los recursos públicos, implica el manejo transparente de los mismos en el diseño y la aplicación de programas de acciones tendientes a la solución de las demandas sociales apremiantes como el trabajo, vivienda, salud, educación y seguridad. La administración óptima requiere de organizaciones de izquierda que asuman la responsabilidad de sus acciones, congruencia entre el discurso y la práctica, y sobre todo de preparación administrativa, de profesionales que formados en la izquierda como posición política, y que puedan desde los espacios en los gobiernos evitar improvisaciones y errores.

 

Las organizaciones de izquierda no pueden desde el gobierno convertirse en una posición que signifique irresponsabilidad al ejercitar el poder, justificando sus organizaciones, todo error con denuncias y consignas. La izquierda, como posición política y en todas sus organizaciones, desde el gobierno necesita asumir como suya, una identidad de responsabilidad pública, que garantice su desempeño al frente de los espacios de decisión gubernamental.

 

En México, la izquierda no puede equivocarse ni quedarse con la identidad que logró en los noventa y que se expresó en los gobiernos titubeantes del PRD o del PT, e incluso en las líneas marcadas por los municipios autónomos zapatistas. Se requiere de una administración responsable, profesional y congruente de los gobiernos de izquierda realizando discursos en función de su práctica política democrática y libertaria. La administración pública no es campo para improvisaciones y oportunismos, sino espacio de responsabilidad y resolución de problemas. La izquierda puede llevar a cabo programas y acciones para transformar la vida social, como posición política que guíe la práctica política de las fuerzas sociales dominadas.

 

El segundo tema como reto de la izquierda al ser gobierno, se refiera al de la creación de consensos que le permitan una hegemonía y con ello, alcanzar la dirección del Estado. Los nuevos consensos que dependerán demasiado de la eficacia de los programas y acciones gubernamentales que promuevan las organizaciones izquierdistas al frente del gobierno. Los consensos tienen que vislumbrar una alianza entre las clases dominadas, evitando confianzas ciegas que impidan la crítica a viejos consensos; sin consensos amplios, la izquierda como posición política no puede concretizar las alianzas entre las clases dominadas. Estos consensos significan las bases de apoyo a las acciones gubernamentales, son garantía para derrotar a las clases dominantes. Nuevos consensos sociales significa dejar atrás consensos creados por las fuerzas sociales dominantes, reproducidos ideológicamente para el mantenimiento de una concepción del mundo a favor del orden capitalista existente.

 

Paralelamente a los consensos impulsados por la izquierda es necesario la construcción y realización de una nueva hegemonía que posibilita a la izquierda por medio de sus expresiones organizativas, la dirección del Estado, lo cual significaría que una nueva fuerza social tome el rumbo de la sociedad. El reto de alcanzar una hegemonía permitirá a la izquierda mostrar sus capacidades y su potencial social. La búsqueda de consensos para una nueva hegemonía, es reto imprescindible que debe afrontar la izquierda en su nueva identidad democrática, gracias a que estos consensos no provendrán de la fuerza sino del convencimiento y la libre decisión de las clases dominadas.

 

El tercer gran tema de la izquierda habiendo logrado convertirse en gobierno, es lograr construir una fuerza social que conduzca los cambios necesarios para posibilitar la transformación de la realidad. En los años atrás, la izquierda mexicana sólo ha observado la formación de una amplia fuerza electoral que impactó en regiones y entidades federativas específicas, pero los triunfos electorales, muchas veces marcados por el pragmatismo, el oportunismo e incluso, por alianzas gatopardistas con representantes de las fuerzas dominantes, no representaron la oportunidad de avanzar en la consolidación de una fuerza social que tuviese el compromiso de conducir las transformaciones sociales necesarias para darle a las fuerzas dominadas, o sea ellas mismas, su liberación.

 

En la lucha política e ideológica, una fuerza electoral es incierta, no garantiza la viabilidad de un proyecto alternativo de sociedad. La fuerza electoral puede neutralizarse sí, por el lado de las organizaciones de izquierda, las decisiones gubernamentales que se tomen sean erróneas y no cumplan con las expectativas generadas durante una contienda electoral; y por el lado de los defensores del orden existente, sus decisiones gubernamentales logran calmar exigencias apremiantes a través de acciones espectaculares pero a la larga ineficaces para la solución de los problemas sociales.

 

La fuerza electoral de la izquierda no es constante, es coyuntural y llena de incertidumbre. Desde el gobierno, las organizaciones izquierdistas tienen que lograr que una fuerza electoral a su favor construida en años de lucha política, se convierta en una fuerza social claramente definida que abogue por la transformación de la realidad excluyente e injusta del capitalismo.

 

Las organizaciones de izquierda deben esforzarse en clarificar la conciencia oprimida aglutinando a los excluidos en una fuerza social que pueda romper la opresión y llevar a efecto las transformaciones que posibiliten la superación de la realidad que prevalece en la cotidianidad del capital. La construcción de una fuerza social capaz de transformar la realidad lleva en su interior un proceso de ampliación de consensos. Una fuerza electoral será fuerza social cuando tenga en su interior los consensos mínimos necesarios, en el plano económico, político y cultural, que se traduzcan en una real y efectiva hegemonía. Las clases dominadas actuarán como fuerza social si logran ampliar sus consensos y construir una nueva hegemonía hacia las demás clases.

 

La izquierda en su dimensión práctica, tiene el reto de influir en la formación de la fuerza social capaz de hegemonizar la dirección del Estado y no sólo el gobierno como dirección y dominio. Con consensos amplios entre las clases dominadas, serán ellas las que lleven el objetivo de gobernarse, permitiendo la ampliación del consenso de transformar la realidad.

 

El cuarto tema que la izquierda es el referente al de la misma transformación de la realidad, como objetivo a largo y corto plazo.

 

Durante muchos años, toda acción de los gobiernos de izquierda en México se abocaron a resolver los problemas sociales más apremiantes con medidas presupuestarias, asignando mayores recursos a programas sociales de salud, educación, vivienda, alimentación, impulsando acciones de austeridad, combatiendo la inseguridad y la violencia con programas nuevos para los cuerpos policíacos, impulsando nuevas leyes e implementando vigilancia estrecha para la aplicación de las mismas en materia ambiental y de los derechos de las minorías. Sin embargo las organizaciones de izquierda en los gobiernos sólo enfrentaron los problemas, no transformaron la realidad.

 

Sin amplios consensos traducidos en hegemonía entre las fuerzas sociales, con divisiones y pugnas en su interior, sin un discurso que la llevará a construir alternativas viables, con relaciones y alianzas con fuerzas dominantes, con un cerco ideológico a su espalda, la izquierda se dedicó a administrar la crisis y no a perfilar una transformación radical, presentándola poco viable e inclusive imposible, tanto por sus debilidades internas, como por las condiciones externas de la mundialización de las economías y del capital, que arrinconaron a la izquierda como posición teórica.

 

Las anteriores condiciones objetivas, permiten hablar de un alejamiento del objetivo central de la izquierda en su dimensión teórica: la transformación social. Sólo se concentró en la apertura de procesos de participación social y articulación de canales entre gobernados y gobernantes. La izquierda en su dimensión práctica administró la crisis del capital, bajo normas democráticas, o bien democráticamente administró la crisis. No hay que olvidar que la identidad de la izquierda se sustentó en la lucha por la democracia y al lograrse que se extendieran los reconocimientos de sus triunfos electorales a partir de mejores leyes de competencia electoral, las organizaciones tuvieron que defender la misma normalidad democrática, que se entiende como el respeto al marco constitucional en la disputa por los espacios de decisión gubernamental, reconociendo derrotas y triunfos del adversario político, es decir, bajo discursos que buscan la conciliación de clases.

 

Al margen de los triunfos de la izquierda, en notorio observar que el discurso democrático trajo consigo el abandono de la posibilidad de la transformación social, porque ello implicaba reconocer el peligro del rompimiento de la normalidad democrática. Así es un reto para la izquierda mantener vigente el discurso de la transformación social sin que éste signifique el abandono de su identidad democrática, sino que al contrario lo enriquezca y lo complemente.

 

En décadas pasadas se dio paso a gobiernos de izquierda que se enfocaron a resolver demandas apremiantes mediante programas sociales y de participación social, estos últimos, de gran importancia y con éxitos significativos, pero no lograron enfrentar las demandas de las fuerzas sociales a partir de grandes reformas económicas, las cuales siguieron estando en función de los intereses de las fuerzas sociales dominantes, las cuales mantuvieron sus consensos internos en torno al desenvolvimiento de la economía y las relaciones sociales de tipo capitalista.

 

Algunos gobiernos de izquierda obtuvieron éxito en su gestión, incorporando a fuerzas dominadas a proyectos de gobierno, en la discusión de los presupuestos, en la ampliación de la política, en la generación de una nueva cultura de participación social, desarrollando programas de cobertura de los servicios básicos (educación, vivienda, salud), e innovando formas de administrar los recursos públicos, combatiendo la corrupción y promoviendo la transparencia, pero a pesar de los éxitos relativos, el reto histórico de acabar con las causas de la pobreza en una formación capitalista, prevalece como objetivo a largo y corto plazo.

 

Si en años anteriores la izquierda inició su experiencia masiva de acceso a los espacios de decisión gubernamental, para los próximos años, las organizaciones de izquierda tienen que fijar como parte medular de su identidad, la posibilidad de transformación de la realidad, que se dejó a un lado en aras de alcanzar la democracia. Por lo que el principal reto de la izquierda sigue siendo la alteración de las relaciones sociales de tipo capitalista.


[1] Stolowicz, Beatriz  (coordinadora) Los Gobiernos de Izquierda en América Latina, el Desafío del Cambio, Plaza y Valdés, México 2001, p. 16
[2] Ibid. p. 189
[3] Ibid p. 205
[4] En los últimos años, los gobiernos han caído en la tentación de tratar a la administración pública como si fuese igual a la administración privada, o de empresas, tratando de encontrar las deficiencias en la forma administrativa del Estado, o en el tamaño del gobierno. Los gobiernos son estudiados desde una perspectiva empresarial, tratando de encontrar justificación a la división administración y política, o sea, han tratado de borrar la distinción entre dirección administrativa y dominio político, y por lo tanto, han tratado de borrar la separación entre el Estado/Sociedad, así como olvidan la lucha de clases propia del capitalismo. Los gobiernos, incluidos aquellos que se identifican a la izquierda, han mostrado por ello, preferencia a las reformas administrativas, buscando eficacia, eficiencia, productividad, donde sólo habrá conflictos. Los intentos de encuadrar a la administración pública al marco general de la teoría administrativa, es decir, de empresa, esconde una falsa concepción de la acción gubernamental, e implica, la mediatización de las luchas por mejoras en los servicios que presta el Estado, con lo que se oculta el sentido real de la incorporación de las técnicas administrativas al gobierno, las cuales no son resultado de la razón sino de una lucha para la dominación. Véase Holloway K. John. Fundamentos teóricos para una crítica marxista de la administración pública, teoría de la Administración Pública No. 2, INAP México, 1982 pp. 72-82, y Guerrero, Omar. La administración pública del Estado capitalista, Fontamara. México, 1981. pp. 35-49
[5] Sin duda alguna, la historia juega un papel fundamental para la configuración del discurso y de la identidad de la izquierda. Es de la historia de donde saldrán lecciones importantes en la elaboración de las propuestas gubernamentales, al recuperarse la historia de los dominados y de sus luchas, se irá conociendo las debilidades y las fortalezas de las clases sociales, lo que permitirá la construcción de estrategias y tácticas. Debemos de criticar el sentido de la mistificación del pasado, que nulifica la capacidad de creación y análisis, al dar por válido una reconstrucción alegórica del pasado, que en nada tiene que ver con la propia realidad en cuestión. La historia es fuente de conocimientos para la izquierda, pero la mistificación de la historia aleja del conocimiento objetivo los hechos del pasado. En los noventa, por ejemplo, la mistificación del gobierno cardenista, así como la mistificación del pasado indígena, cancelaron potencialidades de las fuerzas de izquierda, al darse por sentado que tanto en el cardenismo como en el zapatismo, que las clases dominadas jugaron un papel crucial pese a que fueron derrotadas. Criticar la mistificación del pasado, no equivale a desdeñar el estudio de la historia y del pasado, el cual permite conocer las condiciones sociopolíticas de una época para la comprensión del presente.
[6] Para Edward J. McCaughan después de entrevistar a un amplio conjunto de dirigentes e intelectuales de izquierda, la tarea de la izquierda es la búsqueda de la socialización del poder, liberada de las constricciones autoritarias de las pasadas concepciones estatistas y vanguardistas, socialización del poder que se debe de presentar como resultado de una profunda democratización de la vida pública. Véase. McCaughan, Edward J. Reinventando la Revolución, la renovación del discurso de la izquierda en Cuba y México, Siglo XXI, México 1999, pp. 104-142.
[7] Gorz, André. “Adiós conflicto central” en Bosetti, Giancarlo. (compilador),  Izquierda punto cero. Paidos, México, 1996. P. 109




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