Cuatro acciones, cuatro actitudes
Daniel Carlos García

Poco más de cuatro meses queda para que asuma funciones el nuevo gobierno federal, aunque la transición ha sido inusual y atípica en relación a las anteriores, las cuales en cierto sentido se daban en la opacidad y sin trascender al conocimiento público, incluso el gabinete del presidente se daba a conocer en la víspera de la toma de posesión. Ahora no ha sido así.

 

De esta manera, en mucho conocemos qué, cómo y con quién se implementarían las nuevas acciones y programas del gobierno de Andrés Manuel López Obrador, éste se ha encargado de difundirlo desde ya, en una forma que esperemos se instituya de ahora en adelante. Sin embargo, más allá de estas nuevas prácticas, es conveniente resaltar lo que consideramos cuatro acciones y cuatro actitudes necesarias.

 

Empecemos por lo último, que quizá es forma, pero que al final sería fundamental, constituyendo elementos distintivos del nuevo gobierno con respecto a sus antecesores, no es una cuestión menor entonces, tomando en cuenta la valoración seguida por el electorado para castigar al gobierno actual y a los partidos políticos.

Cuatro actitudes son las que debe adoptar la administración de López Obrador y de hacerlo, como ya lo señalamos, lo diferenciaría de los demás y subrayaría para la gente que no son lo mismo, reivindicando de paso a los políticos y a la política que no todos son iguales.

 

La primera es la transparencia de la gestión gubernamental, como valor sustantivo que tenga como eje no esconder nada hacia la gente, sin que ello implique la ingenuidad de mostrarse de manera plena a quienes sólo buscan cualquier resquicio para actuar en contra y entorpecer la función de gobierno. Implica además gobernar en caja de cristal, para que dé certeza y claridad en la población de lo que quiere hacer o se lleva a cabo. Lo anterior provoca compresión en los objetivos y políticas que se implementen, pero también el involucramiento de los gobernados con los gobernantes.

 

La segunda actitud es la congruencia, cuestión no difícil para López Obrador, pues ésta ha sido una particularidad de su trayectoria política, comprobada repetidamente a lo largo de los años. Se le podrá acusar de tozudo, que muchas veces no escucha, pero nadie lo puede calificar de incongruente. La congruencia nos lleva a la consecuencia, cuestiones que son distintas pero están emparentadas.

 

Pero una cosa es una característica particular y la otra un sello del nuevo gobierno. Éste debe desde el primer momento cumplir con lo que dice y anuncia, corresponder en los hechos lo que se planteó y prometió durante la campaña, puntos que no hicieron los gobiernos anteriores. Todavía recuerdo lo que circuló en las redes sociales en el proceso electoral, que confrontaba lo prometido por Peña Nieto y lo que realmente ocurrió durante su sexenio.

 

La tercera es la honestidad, particularidad que debiera ser fundamental en una administración que pretende barrer con los deshonestos y corruptos, que se han aprovechado de sus puestos y cargos para actuar en beneficio propio y de sus intereses particulares. Este es un aspecto que espera la gente por sobre todo. La honestidad infiere sinceridad, hablar claro y directo, dejar a un lado la retórica y la demagogia, que ha provocado el divorcio entre gobernantes y gobernados, pero también es lo que ha generado la desconfianza y el descrédito. Asimismo da posibilidad de funcionar con responsabilidad y entrega al encargo público.

 

La cuarta es la empatía popular en todo lo que ello implica. No es sólo gobernar con y para la gente, sino ponerse en el lugar de ésta, sentir sus problemas, demandas y aspiraciones, para poder comprender a la mayoría de los mexicanos y en función de ellos actuar y tomar decisiones. Esto facilita el involucramiento de la ciudadanía en la función de gobierno, así es cuando se puede hablar de políticas públicas con responsabilidades compartidas. En tiempos de AMLO como Jefe de Gobierno se hablaba de un cuarto nivel de gobierno, aterrizado en los comités habidos en las 1352 unidades territoriales en que estaba dividida la ciudad de México. Ahora no se ha escuchado por lo menos algo similar, cuya idea creo que adecuada a las condiciones del país, debiera ser retomada.

 

Las anteriores son rasgos conductuales claramente diferenciadores con respecto a sus antecesores, que definen una base ética para hacer política y que, debiera ser un elemento distintivo de la izquierda con respecto a la derecha.

 

Con esta base se podrían realizar las acciones, muchas de las cuales ya han estado señaladas por López Obrador desde la campaña y ahora, en la transición con una mayor precisión, además de iniciales pasos. Sin embargo, desde mi punto de vista debe haber prioridades, igualmente que los rasgos éticos, como parte de los componentes diferenciadores con la derecha y más específicamente con el régimen y modelo expresado en el PRIAN.

 

La primera gran acción que debe implementar López Obrador es la lucha frontal contra la corrupción. Es sin duda una cuestión que requeriría ser atacada por varios lados, lo cual expresa toda su complejidad, de ahí que su afirmación de que “se combate de arriba abajo, como se barren las escaleras”, requerirían medidas diversas y multimodales.

 

López Obrador ha mencionado que él no recurre a la venganza ni procesará a nadie. Como individuo y con la investidura que tendrá evidentemente no, otra cosa deberán ser las instancias a las que corresponda hacerlo. Y más vale que asi suceda. La gente tampoco quiere vengarse de nadie pero si exige justicia, para que la impunidad no prive y beneficie a quienes han saqueado al país. Esta es una prueba de fuego para el nuevo gobierno.

 

La segunda acción es reorganizar al gobierno para poner en el centro la vocación de servir. Esto sería otro aspecto diferencial en relación a los gobiernos anteriores, que operaron no para los demás sino para ellos mismos y sus allegados. Implica simplificación administrativa, gobierno austero y responsable.

 

Aquí entran muchas medidas ya anunciadas, que valdría la pena en otra ocasión ir desmenuzando una por una. Señalaría sin embargo entre ellas, la disminución salarial a los funcionarios de alto nivel. Bajo el criterio de que nadie puede ganar más que el presidente de la República y en contrapartida, resarcir los bajos salarios elevando los que menos perciben. Sin que así lo diga, va en el sentido de la redistribución equitativa de la riqueza. Eso es bueno y esperado. A ello se suma además el adelgazamiento de la estructura, suprimiendo puestos no justificados como los secretarios privados, que sólo servían para la atención de los asuntos particulares de los titulares de los altos puestos, los choferes o los directores adjuntos como sucede por ejemplo en el INEGI. En esta lógica puede ir el planteamiento de los coordinaciones estatales, que para ser franco aún no me queda claro si es conveniente hacerlo ahora o hacerlo mejor de manera gradual para avanzar en el cumplimiento del mismo objetivo.

 

La tercera gran tarea sería desde mi punto de vista la reversión de las llamadas reformas estructurales, que hasta ahora, AMLO no las ha tocado declarativamente a todas y algunas de ellas, como es el caso de la energética de manera gradual. Incluso me atrevo a especular que Cuauhtémoc Cárdenas no fue nombrado director de PEMEX debido a la “flexibilidad” del virtual presidente electo en el tratamiento a dar a este tema. Aunque también es saludable el anuncio de dar marcha atrás los decretos que recientemente se dieron para el manejo de las cuencas hidrológicas, que sin duda le abrían la puerta a los fomentadores del fracking.

 

Sólo ha sido claro en dar marcha atrás en la reforma educativa y está bien que así lo haga, pero en otros rubros como el laboral no ha sido enteramente explícito, sólo lo ha tocado de manera parcial.  Lo mismo sucede con lo político electoral, que debe sin duda sufrir una necesaria transformación radical. No hay que olvidar que su impulso inicial del peñismo, tuvo su cobertura a partir del mal habido Pacto por México y soportado con las 58 reformas constitucionales impuestas por una amañada mayoría.

 

La cuarta tarea es el cumplimiento desde el primer día de la aplicación de los programas sociales anunciados desde la campaña electoral, que también no son nuevos, ya los vimos operarse en la Ciudad de México en el periodo de López Obrador como Jefe de Gobierno y tampoco son estrictamente de izquierda, corresponden más a los programas de bienestar a la manera keynesiana, que tuvieron una buena acogida por parte de la ciudadanía. Me refiero al apoyo alimentario a los adultos mayores, las becas a los jóvenes, entre otros.

 

Con que iniciara así, implicaría satisfacer a los treinta millones de votos que obtuvo la Coalición Juntos Haremos Historia.

Daniel Carlos García Gómez
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Aguascalentense de nacimiento, comunista por convicción y médico por estudios en la UNAM. Militante activo de la izquierda marxista desde la década de los 70’s; fue miembro y dirigente de los partidos: PCM, MAUS, PSUM, PMS Y PRD. Periodista por vocación y colaborador de diversas publicaciones. Ha escrito diversos libros, entre ellos: “Fulgor rebelde. La guerrilla en Aguascalientes”, “El perredismo en Aguascalientes” y el “Diccionario de la Izquierda en Aguascalientes”, “Historia y situación del cooperativismo en el DF” y “Las mujeres en la Revolución Mexicana”. Fue Director de Capacitación para el Empleo del Gobierno del Distrito Federal (2000-2005); asesor del Srio. de Gobierno del GDF y Director de Estudios y Estadísticas del Trabajo (GDF 2007-2012). Actualmente es Gerente de Saludo en CENFES, AC, así como organizador y dirigente del Movimiento Comunista Mexicano (MCM).




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