50 ANIVERSARIO DE LA Agencia Central de Inteligencia de los EUA

Jorge Luis Sierra

La CIA. El ejército Secreto

DIRIGE GOLPES DE ESTADO E INVASIONES PARAMILITARES, financia a la contrarrevolución, atenta contra la vida de líderes políticos, sabotea economías, recluta torturadores y asesinos, se mueve clandestinamente, con el derecho que le da la CIA, el  “ejército secreto” del jefe de la Casa Blanca en turno. Con todo, a sus 50 años, la CIA está sujeta a reformas para enfrentar los nuevos retos: el terrorismo, el narcotráfico, la proliferación nuclear y la competencia comercial, que tanto preocupaban al final del milenio a su amo: Estados Unidos.

 

En sus cinco décadas de espirar al mundo, el balance de la CIA es mixto: sus defensores recuerdan que logró proteger la seguridad nacional de Estados Unidos, sus detractores dentro y fuera de su propio país, la consideran como “una patria de la cultura estadounidense”.

Fundada al fin de la Segunda Guerra Mundial para combatir la amenaza de la Unión Soviética y sus “satélites” en el Bloque Socialista, la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés) desarrolló un sofisticado sistema de espionaje humano y electrónico para vigilar y sabotear cada paso de su “enemigo” en cualquier parte del mundo.

Para ello, la CIA pasó por encima de gobiernos, aliados o enemigos; organizó el derrocamiento y atentados contra la vida de líderes “hostiles” a los intereses de Estados Unidos; financió ejércitos contrarrevolucionarios, penetró agencias de seguridad, contrató a torturadores y miembros de escuadrones de la muerte como informantes y vigiló a los propios ciudadanos estadounidenses que se oponían a la política belicista de su Gobierno.

A medida que pasaban cada año de las cuatro décadas que duró la Guerra Fría, fue creciendo la imagen de una organización de espionaje que actuaba sin control y se había convertido en el “ejército secreto”, al capricho de los presidentes en turno.

Había un sentimiento general de que la CIA era un dinosaurio que merecía la abolición después del fin de la Guerra Fría. En tanto, la “baja moral” cundía en sus filas mientras la inestabilidad llegaba hasta los altos niveles de dirección: en los últimos cinco años de la administración del Presidente Bill Clinton, la Agencia Central de Inteligencia ha tenido tres directores distintos.

Pero ni la extinción del “enemigo” soviético, ni la opinión pública volcada en su contra, ni los escándalos han implicado la desaparición de la CIA.

Por el contrario, los dos últimos presidentes de Estados Unidos, primero el republicano George Bush y luego el demócrata Bill Clinton han sometido a la Agencia a procesos de depuración y reforma, con el fin de usarla contra las nuevas amenazas de la Posguerra Fría: la proliferación de armas nucleares, químicas y bacteriológicas: el terrorismo, el narcotráfico, el crimen organizado internacional y el espionaje económico e industrial de viejas y nuevas potencias económicas.

Y según se delinean las perspectivas de reforma iniciadas por Clinton, habrán cambiado las amenazas, pero no los métodos fundamentales.

NUNCA MÁS UN PEARL HARBOR

En 1947, año de su fundación, la CIA heredaba una larga tradición de espionaje: la Oficina de Inteligencia Naval y la División de Información Militar, creadas en 1882 y 1885 respectivamente para detectar la capacidad de los ejércitos y las flotas extranjeras; el grupo MI-8 del Ejército que sirvió durante la Primera Guerra Mundial para detectar agentes alemanes e descodificar su correspondencia: la Cámara Negra, la primera agencia civil de espionaje, fundada en 1919 por el Departamento de Estado para descifrar los códigos de comunicación mundial: la Oficina de Coordinación de Información, que instalo el Presidente Franklin D. Rooselvet en 1941, en los albores de la Segunda Guerra Mundial; la Oficina de Servicios Estratégicos que organizó el espionaje de EU durante la conflagración mundial, desde1942 hasta 1945.

Fueron dos razones principales que llevaron a los presidentes Roosevelt y Harry S. Truman a estudiar el proyecto de la CIA, para que después fuese fundada por mandato presidencial en 1947: la debilidad de los servicios de inteligencia para prevenir el sorpresivo ataque aéreo  japonés al Puerto de Harbor y, por otra parte, la larga tradición de operaciones en cubiertas de la Unión Soviética, el aliado transformado  en enemigo al termino de la Segunda Guerra Mundial.

El 18 de septiembre de 1947, Truman ordenó el establecimiento legal del Consejo de Seguridad Nacional, encabezado por el Presidente de Estados Unidos e integrado por los secretarios de Estado, de Defensa, el vicepresidente y el director de la oficina de Movilización y Defensa Civil.

Hasta la fecha, el Director Central de Inteligencia (DCI), jefe de la CIA, es el asesor principal del Presidente y coordina todas las agencias de espionaje civiles y militares del gobierno Estadounidense. Se estima que, actualmente, esa comunidad de inteligencia cuenta con 100 mil agentes y un presupuesto de 29 billones de dólares.

Mediante sus servicios clandestinos, la CIA penetró y alternó la vida interna de cualquier país donde se considerará que había un peligro a la seguridad nacional de Estados Unidos. El Directorio de Operaciones de la CIA contó con tres funciones básicas: el espionaje internacional, la guerra psicológica y las operaciones paramilitares.

En 1953, ya con el poder de un ejercito  de 10 mil agentes distribuidos en todo el mundo, la CIA  orquestó el derrocamiento de Mohamed Mossadeq, el primer izquierdista de Irán y la imposición del Sha, Mohamed Reza Pahlevi, una palanca para los intereses estadounidenses en el Medio Oriente.

América Latina conoció el alcance de las operaciones encubiertas de la CIA un año después, cuando la agencia estadounidense planeó y dirigió el derrocamiento del Presidente guatemaltelco Jacobo Arbenz, quien había anunciado la expropiación de la empresa United Fruit Company.

La dificultad para montar redes de espionaje en la Unión Soviética, llevó a la CIA a diseñar aviones especiales de espionaje, llamados U-2, para sobrevolar territorio  soviético y obtener datos sobre sus instalaciones militares. Una de las primeras crisis internacionales producto de las operaciones de la CIA ocurrió cuando los soviéticos derribaron al U-2 piloteado por Gary Powers en 1960. Powers salió liberado en 1962, mediante el intercambio con otro espía soviético encarcelado en EU.

Para entonces, EU consideraba al régimen de Cuba como la amenaza comunista más próxima a su territorio. Fidel Castro, cuya guerra de guerrillas condujo a la dimisión del dictador Fulgencio Batista en 1959, no tardo en darle el carácter socialista a la revolución y ordenar la expropiación de las empresas estadounidenses.

El Presidente John F Kennedy respondió con una operación paramilitar destinada a derrocar a Castro. Mil 400 exiliados cubanos, entrenados y financiados por la CIA, desembarcaron el17 de abril de 1961 en las playas de Bahía de Cochinos. El Gobierno de Castro, informado del plan, desplazó a unidades del Ejército al lugar del desembarco y deshizo de inmediato el intento de invasión.

Analistas, ex funcionarios de la CIA e historiadores coinciden en que al desastre de Bahía de Cochinos le siguió una debacle mayor: la pérdida del apoyo que la opinión pública le había ofrecido a la CIA hasta ese momento. Kennedy limitó las acciones paramilitares, pero fortaleció las actividades de espionaje contra el régimen de Castro.

Un año después, la CIA le entregó a Kennedy información sobre el emplazamiento secreto de misiles nucleares soviéticos en la isla cubana. La vigilancia continua, principalmente a través de los aviones espía U-2 que sobrevolaban la isla a 75 mil pies de altura, descubrieron que en los primeros meses de 1962 la Unión Soviética había llevado fuertes cargamentos de armas a Cuba. La información mostraba que, tan sólo en agosto de ese año, 20 de 37 buques soviéticos que arribaron a la isla que contenía armamento.

Las armas entregadas a Cuba incluían 42 misiles balísticos de alcance medio, 12 de alcance intermedio, 144 misiles antiaéreos tierra-aire, 42 aviones MIG-21, además de los servicios de 22 mil tropas soviéticas destinadas al emplazamiento mantenimiento y protección de esas armas.

  DENTRO DE LA CASA NO

Otro reconocimiento aéreo de la CIA  en octubre de 1962 reveló que, 50 millas al Oeste de la Habana se construía una plataforma de lanzamiento de misiles balísticos de ojiva nuclear con alcance de mil millas náuticas. Más tarde, los U-2 detectaron la construcción de otras dos plataformas de lanzamiento de misiles  con alcancede2 mil millas náuticas en la localidad de Sagua la Grande.

Con esa información, Kennedy exigió y logró de Cuba y la Unión Soviética el desmantelamiento de esas instalaciones militares. La crisis de los misiles fue, quizá, la situación de más alto riesgo que ocurrió en los 40 años de Guerra Fría.

A causa del descubrimiento de los misiles, la CIA la opinión pública de Estados Unidos vivían un divorcio que parecía definitivo. La oposición interna a la guerra de Vietnam fue  también un rechazo a las operaciones encubiertas de la CIA para respaldar al Gobierno anticomunista de Vietnam del Sur.

En julio de 1997, en una remembranza de los 50 años de la CIA, The New York Times recordó la ira del entonces presidente Richard M. Nixon ante el fracaso de la CIA en la subversión del movimiento contra la guerra de Vietnam: ¿Para que son útiles entonces?  ¿Para tener a 40 mil personas leyendo periódicos?

Las palabras de Nixon revelaron dos aspectos importantes en la vida  de la CIA: el primero era que hacia 1972 la Agencia Central de Inteligencia había cuadruplicado su número de agentes; el segundo era que Estados Unidos espiaba a sus propios ciudadanos, en contra de lo establecido en el Acta de Seguridad Nacional de 1947.

Una investigación interna, ordenada por William Colby, director de la CIA en la administración de Nixon, revelo que la agencia interceptaba los teléfonos, cateaba las casas y mantenía vigilancia constante sobre ciudadanos estadounidenses. La irritación pública creció cuando la prensa reveló que ex agentes de la CIA habían instalado micrófonos ocultos en las oficinas del Partido Demócrata, por órdenes del mismo presidente Nixon en 1972. El escándalo de Watergate y la posterior renuncia de Nixon constituyeron la crisis política más grave que haya vivido la presidencia de Estados Unidos en su historia contemporánea. Y en ella apareció el nombre de la CIA.

Hacia 1973, América Latina pudo probar de nuevo el poder de la CIA, en esta ocasión contra el Gobierno de Salvador Allende en Chile. La participación de la CIA en el derrocamiento y muerte de Allende es quizás uno de los ejemplos más documentados de la guerra psicológica y las operaciones para  militares de la CIA.

La intervención de la CIA en el Golpe de Estado Allende fue investigada por el propio  Congreso Estadounidense, el cual dejó en claro en 1976 que la CIA no sólo había realizado acciones contra el Presidente chileno, sino que además había organizado complots para asesinar a Fidel Castro, a Rafael Trujillo, entonces Presidente de la República Dominicana y al Líder zaireño Patricio Lumumba.

Un Comité del Congreso, encabezado por dos legisladores, el senador demócrata Frank Church y el representante republicano Otis G.Pike, reportó que la CIA se infiltró en organizaciones religiosas, campuses universitarios y agencias de prensa. Los nombres de más de un millón y medio de estadounidenses se hallaban las computadoras de la CIA. Encontró también que entre los planes para asesinar a Castro se encontraban un traje de buceo submarino envenenado y una operación para envenenar la comida del mandatario cubano. Ronald Reagan redimensionó a la CIA. Incrementó el presupuesto de la Agencia a 3 mil millones de dólares, contrató a 2 mil agentes más y  amplió sus operaciones paramilitares en el mundo, incluyendo Angola, Afganistán y Nicaragua.

Bajo la dirección de William Casey, la CIA vendía armas a Irán para financiar a los grupos contrarrevolucionarios de Nicaragua, Agentes desertores de la CIA y de la DEA  aseguran que los aviones de la CIA descargaban cocaína para el mercado estadounidense. Aunque una comisión legislativa se encargo de investigar el Irangate en 1987, el último año del Gobierno de Reagan, nunca se comprobó fehacientemente la participación de la CIA en el tráfico de cocaína.

En un extenso reportaje de investigación publicado en 1996, el diario de San José Mercury News intentó explicar cómo la expansión del consumo de crack en los barrios negros de Estados Unidos durante la década de los 80 obedeció al tráfico de cocaína favorecido presuntamente por la CIA. Una nueva investigación legislativa fue abierta, pero tampoco se pudieron comprobar las hipótesis del San José Mercury News. En tanto la división de contra inteligencia antisoviética de la CIA había sido infiltrada por la KGB, la agencia de espionaje de la URSS. Aldrich Ames, jefe de esta división, casado con una informante de la CIA a la que había conocido en México, vendía secretos de Estado a los rusos. A pesar de que supuestamente la conexión con la KGB se hizo en 1983 Ames fue descubierto hasta que en 1994 la CIA encontró que gastaba fortunas imposibles de adquirir con su salario.  Pero no sólo acumulaba escándalos, también muestras de ineficiencia. Para sorpresa de Estados Unidos, el régimen soviético fue disuelto sin que los analistas de la CIA hubieran advertido las señales que premonizaban una transformación histórica de tal magnitud.

A principios de esta década, los servicios de espionaje hicieron caso omiso de la inquietud que expresaban los empresarios estadounidenses avecindados en Kuwait. Esta vez nadie interpretó correctamente las fotografías satelitales que indicaban la concentración masiva de la artillería iraquí. Sin que la CIA hubiera lanzado mensajes de alerta, los empresarios estadounidenses quedaron atrapados cuando las tropas de Saddam Hussein llegaron hasta la capital  de Kuwait el 2 de agosto de 1990.

EN BUSCA DE UN NUEVO ENEMIGO

George Bush, ex director de la CIA convertido en Presidente, se encargó de iniciar un proceso de reforma de los procedimientos y organización burocrática de la Agencia. Primero recortó dos terceras partes de la división de asuntos soviéticos y la cuarta parte de los analistas del armamento ruso. Siguiendo el ejemplo de Ronald Reagan  quien estableció en 1986  el Centro Antiterrorista de la CIA, Bush creó en 1989 el Centro Antinarcóticos y en 1991 el Centro Antiproliferación de Armas Nucleares.

Enseguida, Bush expidió la Directiva de Seguridad nacional 29 en la que ordenó “una revisión extensiva de la misión, de los roles y las prioridades de la comunidad de inteligencia”. Bill Clinton, por su parte, enfrentó las presiones legislativas para abolir a la CIA. James Woolsey, Director Central de inteligencia en el primer periodo de Clinton, defendió el papel de la Agencia. Dijo en una Conferencia del Comité Selecto de Inteligencia de la Cámara de Representantes  en mayo de 1995: la virtual destrucción de nuestra habilidad para conducir espionaje nos hará esencialmente ciegos y sordos a los planes  y actividades de terroristas y de promotores de la proliferación de armas nucleares, químicas y bacteriológicas alrededor  del mundo.

Tras el bombazo que destruyó el World Trade Center de Nueva York en 1993, Clinton la colaboración entre el FBI  y la CIA en la ofensiva antiterrorista de Estados Unidos. En 1994, información de la CIA llevó al arresto  de Carlos uno de los mitos en la historia del terrorismo contemporáneo. Una operación encubierta de la CIA también condujo al arresto de Ramzi Yousef, acusado de ser el autor intelectual del bombazo contra el World Trade Center. Las operaciones encubiertas de la CIA contribuyeron también al desmantelamiento del cártel de Cali y el arresto de sus principales jefes.

Después del escándalo provocado por el arresto de Aldrich Ames y la renuncia de Woolsey en 1994 y decidido a fortalecer el papel de la CIA, Clinton nombró Director Central de  Inteligencia al entonces subsecretario de la Defensa, John M. Deutch, y le dio el rango de secretario del gabinete. Deutch contó con la capacidad de veto en el nombramiento de los jefes de las agencias de espionaje del Pentágono y de otras agencias del Gobierno; recibió el mandato de controlar el presupuesto entero de 29 mil millones de dólares de la comunidad de inteligencia, que legalmente pertenece al Departamento de la Defensa, y recibió poderes plenos para reformar por completo el sistema de espionaje estadounidense.

Aunque Deutch no siguió adelante en el segundo periodo de Clinton y fue sustituido por George Tenet, la CIA sobrevivirá a las críticas que la confinaron a la condición de “paria de la cultura estadounidense”.

Tal y como lo estableció el reporte de la Comisión Brown, nombrada por el Presidente Clinton para  proponer reformas a la CIA y a la comunidad de inteligencia de Estados Unidos: “Mientras los Estados Unidos siga manteniendo operaciones clandestinas alrededor del mundo –operaciones realizadas en secreto, en contra de los deseos de otros países y donde siempre están involucrados individuos con antecedentes repugnantes- pueden ocurrir incidentes avergonzantes. Pero si Estados Unidos va a mantener su capacidad de espionaje clandestino –como la Comisión Brown piensa que lo debe hacer- debe estar preparado para aceptar esos episodios como parte del costo de ese negocio. La CIA debe mantener una estrategia de presencia global”.




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