Condecoraciones y ascenso

Jorge Enrique Adoum

Jorge Enrique Adoum (1926-   )

Ecuador

¡Has preguntado, di, te has preguntado,

cuándo el fácil cuchillo metió su lámina

abusiva en el costado, hurgándole su hueso

de agonía, dónde está el centinela, dónde la guardia?

No preguntaste nunca, nunca

supiste dónde estaba cuando la pisada

de torpes poderosas suelas vino a espantar

las iguanas de las islas mayúsculas, vino

a orinar en nuestros pedestales, vino

a pegar su chicle en nuestro idioma.

Estaba firme donde toda la vida

ha estado, disparándonos, templando

la red del tiro contra el pez hombre,

puntería sin fecha fija contra el desocupado,

Alto Mando contra los panaderos para hacerlos

leña a la salida de la harina, matándonos de octubre

a julio y de mayo a enero cuando aprendíamos

a combatir con piedrecillas, ramas de álamo,

poemas: chatarra contra los cuadernos de filosofía,

chatarra contra el alba de otro día.

Ahora está también

donde toda la vida, agonizando indios

en la cárcel y el surco, abriéndoles la voz

a puñetazos. Si no han hablado en cuatrocientos

años de golpes prehistóricos, terrestres, si no

han dicho nada ni de sus otras muertes.

Desde lo inmemorial de esta fotografía

están dándoles coces entre todos, dándoles

Dios, Patria y Libertad para que aprendan.

¿Nuevos amos con estrellas en el páramo

del Hombro? No, nuevos mayordomos, Generales,

nuevos aciales para la antigüedad del odio, como

si se tratara  de un remordimiento en su espejo

tenebroso, vengándose del padre o más bien

del ovario, por suprimir su piel color

de América, su pelo pensativo, su cornada,

para que nadie grite traidor con todo el cuerpo.

No lo creíais, madres, entre tanta

leche y cacerolas, pero las camisetas del hijo

ensangrentadas, sus tambores, pero los dientes

que os devuelven de la celda, pero el cadaver.

Me han matado así entre otros al amigo

con quien cuando muchachos disputábamos

el único Lautréamont que llegó al pueblo.

Era tan miope que debió acercarse mucho

para verme y cuando me di cuenta había entrado

en mi alma. Así entró en la ley, lleno de lentes,

buscándole un rincón, un banco donde pueda

sentarse a no morir el campesino y su gallina.

Lo han matado por eso, me lo han muerto

a golpes, a frío y golpes de oficial, dejándole

migas de sol cada tres días, pateándole por dentro

a Maldoror antiburgués y justo, golpeándolo

como una puerta contra las paredes de cuarteles,

hospitales, tumbas.

Su borbotón de bueno, el triste pie,

sus anteojos que no fueron a su entierro.

Están matando, todavía, donde toda la vida

pagamos por su oficio eficaz, profesional.

Pero, carajo, también se resucita por capricho.




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