Mercado laboral en México.
Enrique Velázquez Zárate

Ciertamente, ningún proceso político electoral es igual otro. No obstante, el de 2018 tendrá una inobjetable trascendencia histórica, que rebasará la del periodo 1988-2012. En este sentido, es relevante presentar un breve diagnóstico del mercado laboral para valorar las propuestas de los partidos políticos y los desafíos que enfrentarán quienes lideren los poderes del Estado en los próximos años.

Innumerables investigaciones de las más diversas fuentes (nacionales e internacionales) coinciden en el que mercado laboral en México no goza de buena salud desde hace cuatro décadas, agravada por las crisis de 1982, 1986, 1995, 2003, la recesión de 2008, la cortina de humo de la “liberación comercial” (1994) en beneficio de los oligopolios y la reforma laboral de 2012.

A nuestro justicio la principal causa del problema es el modelo capitalista neoliberal, en donde el mercado sustituye a la rectoría del Estado y, por tanto, subyuga las prestaciones, los derechos y la justicia laboral a los intereses de la acumulación del capital y no de los trabajadores, con resultados regresivos en la prosperidad de la mayoría de los habitantes del país (y del mundo). Es el resultado de una transformación de la estructura productiva y la circulación de mercancías, orientada al mercado externo (exportación de petróleo y manufacturas con alto contenido de importaciones –maquila, ensamblaje), privilegiando los sectores de servicios (destacadamente el financiero y bancario) y de comercio, en detrimento de la aportación al PIB de los sectores de la industria manufacturera, agropecuario, construcción, entre otros.

Así, en las últimas cuatro décadas, el crecimiento económico centrado en las exportaciones (mercado externo) ha sido precario (2% promedio anual, sin considerar el crecimiento poblacional), generando negativos indicadores históricos:

1) Empleo precario: a principios de 2018 la población ocupada era de 54.7 millones, de los cuales 53 millones tienen empleos (formales e informales) mal pagados, toda vez que tres de cada cinco trabajadores ganaron entre uno y tres salarios mínimos (265 pesos diarios como máximo)1 , afectando principalmente a las mujeres. La quinta parte de la población ocupada (alrededor de 11 millones, 20.6% de la fuerza laboral) gana si acaso un salario mínimo (88 pesos diarios) o no recibe ningún sueldo. Más de cuatro millones (7.3%) están subocupados y casi dos millones (3.4%) no tienen empleo. Un estudio realizado en 2015 por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) concluye que en los países más prósperos su jornada laboral tiene en promedio menos horas que el resto de los países. Entre los 38 países analizados, México encabeza la lista como el país en el que más horas se trabaja, con dos mil 246 horas en promedio al año, seguido por Costa Rica con dos mil 230 horas. Los países en donde menos se trabaja son Alemania —mil 371 horas—, Holanda — mil 419 horas— y Noruega —mil 424 horas—.

2) Informalidad, subocupación, desempleo y desigualdad regional: en el país la tasa de informalidad laboral es de 57% (32.6 millones de personas). Las entidades federativas con mayores niveles son: Oaxaca 81.1%, Guerrero 79.3%, Chiapas 78.9%, Hidalgo 75% y Puebla 73.7%. Y la Tasa de Condiciones Críticas de Ocupación es de 13% (alrededor de 7 millones de trabajadores). Estas personas no tienen derecho a pensión, prestaciones, aguinaldo, salud, créditos, entre otras. Es decir, sin seguridad social, 32.6 millones de personas ocupadas; sin contrato por escrito, 15.9 millones; prestaciones sociales distintas a la seguridad social, 13.5 millones, carencia de acceso a un sistema de pensiones y de tributación fiscal. A su vez, el desempleo (sobrepoblación relativa) alcanza una tasa de 3.2%.

3) Desigualdad entre géneros: Según la CEPAL, las mujeres mexicanas son las que más utilizan de su tiempo para actividades (cuidados y quehacer doméstico) de las que no reciben remuneración económica. Mientras que los hombres sólo ocupan el 11.6% de su tiempo. Según la ONU, en el mercado laboral de México participan 47% de las mexicanas, mientras que la colaboración de los hombres asciende al 78%. A su vez, un hombre gana en promedio entre 15 y 20 por ciento más que una mujer que ocupa el mismo puesto. La brecha salarial es mayor cuando son puestos directivos donde las mujeres ganan hasta 40% menos que los hombres. Según Fusión, en México hay casi 2 millones y medio de trabajadoras del hogar. El 99% de las trabajadoras no cuentan con un contrato laboral. Solo el 3% tiene acceso a seguridad social; eso quiere decir que la atención médica para ellas y sus familiares debe costearse con su salario, que suele ser magro: el 75% de ellas gana dos salarios mínimos o menos.

4) Caída de los salarios reales: según el Centro de Análisis Multidisciplinario (CAM) de la UNAM), la pérdida acumulada del poder adquisitivo en treinta años, del 16 de diciembre de 1987 al 26 de octubre del 2017, es del 80.08%, medida de acuerdo a la Canasta Alimenticia Recomendable (CAR). El 26 de octubre de 2017 el salario mínimo era de $80.04 pesos diarios, mientras que el precio de la CAR llegó a $245.34 pesos diarios, es decir con el salario mínimo únicamente se podía adquirir el 32.62% de la canasta.

5) Desigualdad, pobreza y exclusión: lo anterior se proyecta en una enorme desigualdad en la distribución de la riqueza y la persistencia de la pobreza. Según la CEPAL, la mala distribución de la riqueza alcanza una cifra muy alta, pues el 80% de los activos financieros están concentrados en sólo el 10% de las familias, mientras que el 10% de las empresas del país concentran el 93% de los activos físicos. Dos terceras partes de la riqueza total están en manos del 10% de las familias y el 1% de las familias acaparan más de un tercio. Según OXFAM-México, en 2017, el 1% de los mexicanos más ricos concentró el 28% de la riqueza del país, cuatro puntos porcentuales más que la riqueza que tenían en el año 2000. Mientras que los niveles de pobreza por ingresos se quedaron igual en el mismo periodo. A su vez, el PIB per cápita crece a menos del 1% anual, mientras la fortuna de los 16 mexicanos más ricos se multiplica por cinco. A su vez, las estadísticas del Coneval revelan que el combate contra la pobreza no avanza, pues el 53.6% de la población es pobre y la línea de bienestar ha retrocedido (17.5% con ingreso inferior a la línea de bienestar mínimo y 50.6% con ingreso inferior a la línea de bienestar).

6) Migración laboral: debido a esta negativa situación macroeconómica, de empleo, ingreso, desigualdad y pobreza, el tránsito de personas del campo a la ciudad y hacia el extranjero se ha disparado progresivamente, en busca de una mejor oportunidad de trabajo y salarios. Las zonas rurales de México son abandonadas al no aprovechar su potencialidad productiva, dado que se ha privilegiado la importación a precios muy elevados para su consumo. La mano de obra (PEA) migra desde las regiones más pobres y pierden una población que podría trabajar en el campo y las industrias, deteriorando así a su potencialidad económica. Desde la reflexión del desarrollo del país, la migración trasciende hacia la consecuente pérdida de la productividad en el campo y en la industria. Quienes migran al exterior, la mayoría indocumentados, ciertamente se “benefician” de su nueva situación (en donde realizan trabajo superexplotado) y envían remesas que contribuyen a la economía familiar, auxilian a “aumentar” la riqueza nacional y a “reducir” la tasas de población, desempleo y pobreza, a cambio de soportar el acecho por parte de ciudadanos norteamericanos que los atacan con armas de fuego, evadiendo la vigilancia de la patrulla fronteriza, la cual a su vez abusa de su autoridad, atacando incluso a quienes todavía están en territorio mexicano, el tráfico de personas, el crimen organizado, el envejecimiento poblacional, la fuga de cerebros, la desintegración familiar, el desarraigo cultural, la marginación y discriminación racial, entre otras.

7) Flexibilidad laboral: es un instrumento que beneficia unilateralmente a las empresas, pues amplía su margen de administración, disponibilidad de recursos humanos y ajuste de los contratos colectivos y normas de trabajo según sus necesidades. Promueve modelos salariales en función de la producción, horarios laborales, contratar y despedir trabajadores de acuerdo con las necesidades inmediatas de la producción, contratistas para tareas específicas, pagos por tiempo parcial, trabajo a domicilio, entre otros. Los saldos son: incremento de la tasa de ganancia para las empresas a cambio de aumento del desempleo, decrecimiento del poder adquisitivo, abandono del salario mínimo, mayor segmentación del mercado de trabajo, fortalecimiento de las actividades informales, desgaste de las prestaciones sociales y los derechos de los trabajadores2 a niveles históricos. Y México está muy rezagado en la materia: no estamos preparados para atraer y sacar raja de sus ventajas ni para enfrentar sus desafíos. La desigualdad, la polarización socioeconómica y los bajos estándares educativos de la fuerza laboral dejan a la mayoría de los países en desarrollo muy mal provistos para adaptar la innovación tecnológica proveniente del resto del mundo, y para generar la propia. La ausencia de una cultura de la innovación, la carencia de capacidades para materializarla y la debilidad institucional para fomentarla exponen peligrosamente su viabilidad económica futura. Estudios y publicaciones disponibles se concentran abrumadoramente en economías avanzadas. Hay poco investigado y publicado sobre países en desarrollo.

8) Cambio tecnológico: la cuarta revolución tecnológica (inteligencia artificial) avanza vertiginosa y exponencialmente. Cito al autor ensayo La Transición tecnológica3 : las habilidades humanas están siendo dominadas por dispositivos inteligentes y virtuosos. Obliga a una metamorfosis extrema en el ámbito económico, social, político, cultural, biológico y cognoscitivo. En el entorno arriba descrito (desigualdad, precarización socioeconómica, bajos estándares de la fuerza laboral) somos débiles para adaptar la innovación tecnológica y generar la propia. No hemos asumido el reto de valorar sus probables dimensiones positivas y negativas. La inexorable innovación tecnológica nos fluye del exterior, nos domina exógenamente.

Ello exige que México se reposicione para enfrentar el desafío y superar el rezago que podría ser dramático a largo plazo. Transitar de la retaguardia a la vanguardia. México no ha cumplido con el compromiso de invertir al menos 1% del PIB a investigación y desarrollo (I+D), permitiendo que el “mercado” decida la estrategia en el tema. La inversión mexicana en I+D es de las más bajas del mundo, incluso de América Latina. En el uso de internet para negocios México se ubica en el lugar 62, la posición 80 en capacitación del personal y formación de talento y sólo 242 investigadores y 130 técnicos por cada millón de personas. La generación de patentes es muy precaria. La mayoría de las patentes son generadas por no residentes en México: sólo 5% de las patentes son de connacionales, mientras que 47% se otorgan a estadunidenses. Las solicitudes de patentes alcanzan 288 mil en Estados Unidos; 260 mil en Japón; 170 mil en Corea del Sur; más de 47 mil en Alemania; 15 mil en Reino Unido; en México llegan a menos de mil 400. La estrategia de estabilización, y de liberalización económica y comercial inhibió la inversión en I+D y el surgimiento de una economía del conocimiento, lo que debilitó el potencial económico de México; bajo aumento de la productividad y un pobre crecimiento económico —de tan sólo 2.1% anual por 35 años—. El PIB per cápita de México fue rápidamente rebasado por países con los que antes ostentaba una gran diferencia, pero que siguieron un modelo económico distinto: de innovación y conducción económica acertada del Estado. China, por ejemplo, tenía una doceava parte del PIB per cápita de México en 1981, pero lo rebasará en 2018. México no ha logrado resolver la alta polarización económica y la desigualdad social. La divergencia en el crecimiento de la productividad y del PIB por hora trabajada mantuvo el poder adquisitivo de los trabajadores a niveles muy bajos, preservando ventajas comparativas en el comercio exterior, pero dejó a México muy mal equipado para absorber la innovación tecnológica proveniente del resto del mundo en beneficio de todos.

Los bajos estándares educativos de la fuerza laboral, el alto grado de informalidad económica y la alarmante baja capacidad innovadora de las empresas mexicanas, públicas y privadas son producto y, a la vez, causa de estos déficits. La gran mayoría de las más de cuatro millones de empresas registradas en México aún vive bajo prácticas fiscales, financieras y arancelarias que no estimulan su formalización, su competitividad y su capacidad tecnológica. Prevalecen estructuras de propiedad inflexibles y anacrónicas. Subsisten prácticas empresariales anticuadas, que utilizan insumos y técnicas tradicionales para la manufactura y los servicios. La insuficiencia de garantías legales y de un Estado de derecho inhibe la toma de riesgos para modificar estas condiciones e induce a la informalidad. Además, el sistema bancario y financiero tradicional excluye a la mayoría de los sectores de la población y de las MIPYMES. El emprendimiento fintech y el impulso de sus ecosistemas representa una luz de esperanza, pero su alcance es aún incierto.

9) Ninis: mientras los jóvenes están desencantados por falta de oportunidad laboral (generación perdida, dice la OCDE), muchos de los cuales optan por alternativas turbulentas. A ello se agregan el cambio tecnológico, la expansión demográfica (con baja tasa de natalidad y de mortalidad -aumento de la esperanza de vida) y el incremento de las mujeres en el mercado laboral.

Por tanto, para revertir esta situación es imperativo transformar el modelo de desarrollo por otro que reivindique, proteja y defienda el bienestar social, empezando por la clase trabajadora. Es decir, no es suficiente incidir positivamente sólo desde una perspectiva sectorial (laboral) o coyuntural, sino desde una visión general estratégica de largo plazo.

Ahora bien, se supone que quienes podrían lograr el objetivo de liderar un modelo de desarrollo con visión social son los partidos con una ideología de izquierda (principalmente Morena, PRD, PT y MC), pero para ello requerirían conquistar el poder del Estado Nacional.

Ante el hartazgo ciudadano, al parecer esa posibilidad hubiera estado, sin duda, a la vuelta de la esquina si se hubiese construido una alianza entre ellos, pues arrasarían en la elecciones del 2018, con cuando menos el 50% de la votación sino es que más, obteniendo incluso una amplia mayoría relativa en el Congreso de la Unión y la mayoría de las gubernaturas y Congresos locales de las nueve entidades federativas en disputa y miles de presidencial municipales. Así, el escenario del presente y el futuro hubiera dado un giro histórico extraordinario.

No obstante, desde una lógica inconsistente (considerando su origen e historia política), el PRD y MC decidieron aliarse al PAN, claramente defensor del neoliberalismo ultraconservador, para convertirse en enemigos (más que rivales) del partido Morena, que representa la otra expresión de izquierda, que se ha fortalecido, sorpresivamente, en tan solo cinco años.

El objetivo de la incongruente alianza entre derecha e izquierda para construir la coalición Por México al Frente al parecer no está logrando los resultados esperados, de manera que al día de hoy todo parece indicar que Morena ganaría las elecciones federales del 2018, lo cual significaría que, por fin, una ideología de izquierda podría liderar el Estado Nacional. Ciertamente, la dimensión de su fortaleza para impulsar un nuevo modelo de desarrollo dependerá de la correlación de fuerzas final y, sin duda, de la magnitud de la realidad y la resistencia que enfrentaría para impulsar una estrategia que reivindique las justas demandas de los trabajadores.

La otra posibilidad es que, por diversas razones, alguna de ellas inimaginables, gane una de las otras opciones, lo que significaría que, en su esencia, el modelo neoliberal persistiría y, probablemente, se proyectaría aún más, pues la plutocracia oligopólica estaría, más que nunca, detrás del triunfo de quienes serían los líderes políticos que administrarían los intereses del capital en detrimento de los intereses de los trabajadores, tal y cual ha sucedido en las últimas cuatro décadas.


Notas:

1) Incluye a quienes trabajan menos de 35 horas a la semana, más de 35 horas pero con ingresos mensuales inferiores al salario mínimo y más de 48 horas con hasta dos salarios mínimos.

2) Servicios de salud, vivienda, maternidad, riesgos de trabajo, guarderías, derecho a una pensión, centros vacacionales y demás beneficios incluidos en la Ley del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado.

3) José Ramón López Portillo Romano.

Enrique Velázquez Zárate
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Egresado de la Facultad de Economía (UNAM). Catedrático de la UAS y de la UAG. Investigador en temas económicos, sociales y políticos con ensayos y artículos publicados en libros, revistas y periódicos. Integrante y asesor de movimientos y organizaciones sociales para el impulso de alternativas de desarrollo regional ambientalmente sustentable. Jurado de la convocatoria para el financiamiento de proyectos de organizaciones sociales y asociaciones civiles por parte de la Jefatura de GDF y la Agencia Internacional Novib. Director de Atención a Pueblos y Comunidades Indígenas, DIF-DF. Integrante del Grupo Coordinador del Estudio para el Programa Nacional México sin Hambre, realizado por la FAO. Asesor Parlamentario en las Cámaras de Diputados y de Senadores.




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