Los trabajadores y la izquierda que necesitamos.
Francisco Estrada Correa

Ahora que tanto se está cuestionando la validez de los partidos y se hace cada vez más evidente la necesidad de revaluar y redefinir el papel y los alcances de la izquierda en el contexto de las campañas, resulta oportuno traer a la memoria el nombre de José Revueltas.

Revueltas es, muy posiblemente, quien mejor ha entendido y explicado, la tragedia de la «izquierda mexicana», que lo ha convertido por cierto, muy seguramente en contra suya, en uno de sus paradigmas. Digo que Revueltas se ha convertido en contra suya en paradigma de la llamada “izquierda” porque él nunca fue militante de esa izquierda. Y lo que es más, la exhibió y la condenó.

Testigo de primera mano de la traición del Partido Comunista Mexicano (PCM) al general Francisco J. Múgica, el hombre que pudo haber salvado a la Revolución Mexicana y era en 1939 la mejor opción -si no es que la única- del cardenismo, Revueltas fue un duro crítico de esa corriente, para la cual la única agenda posible no pasaba de exigir la aplicación de la Constitución y el cumplimiento de “los principios revolucionarios”.

José Muñoz Cota relataba cómo fue la entrevista entre Múgica y los jefes comunistas, previa a su renuncia como candidato presidencial. Ellos lo fueron a buscar y le sugirieron que se disciplinara al elegido de Lázaro Cárdenas, a Manuel Ávila Camacho, y que se mantuviera “disponible”. No querían entrar en pugna con el presidente, pero sabían que Ávila Camacho era un conservador, así que tarde o temprano romperían con él y entonces Múgica sería su estandarte. El ex constituyente reaccionó violentamente y los echó a gritos de su oficina.

Sin embargo, la culpa no era del PCM. Era la línea que impuso la Comintern, vía Vicente Lombardo, línea que imponía a los comunistas mexicanos la obligación de obedecer sin reservas a Cárdenas y hacer el “Frente Popular” a la cola –así lo dijeron ellos mismos- del partido oficial.

Precisamente por eso Revueltas fue un rudo crítico del Partido Comunista y de lo que él llamaba los “demo-marxistas” -el más destacado de ellos, precisamente, Lombardo- representantes de una izquierda pragmatista y reformista, no más que “tontos útiles” al servicio del statu quo.

Revueltas era de los que creía en cambio, que la izquierda debía ser algo más que “la guardiana” de la Revolución Mexicana, o como diríamos ahora del PRI “bueno”, el del desarrollo estabilizador y el “Ogro filantrópico”.

El “demo-marxismo”, decía Revueltas, “es el estado de enajenación ideológica esencial en que se encuentra la clase obrera mexicana desde la toma del poder por la burguesía en 1917”. Por lo que para algunos de los llamados izquierdistas y aún para algunos dizque “marxistas” de los años 30-40 la única tarea posible del proletariado en un contexto como el nuestro no podía ser otra que la de empujar a la burguesía hacia el cumplimiento de sus fines democrático-burgueses. Es decir, abandonarse a la dirección de la burguesía, dejar en sus manos la conducción del proceso y protestar de vez en vez cuando sólo y sólo si la burguesía faltara a sus deberes consigo misma. Esto es, ¡cuando falte a las obligaciones históricas que tiene contraídas con su propia clase! Algo que, según Revueltas, explicaba lo limitado del horizonte –y de las posibilidades- de la izquierda mexicana, que tenía al proletariado sin cabeza, o con “una cabeza que no es la suya”, y que hacía prácticamente imposible una transformación profunda en México.

Revueltas hizo un muy lúcido análisis marxista desmitificador de la llamada “vía mexicana al socialismo” en el texto «La Revolución Mexicana y el proletariado»; pero sobre todo hay que releer su “Ensayo sobre un Proletariado Sin Cabeza” (1962), en el cual sostuvo la necesidad de unificar a todos los izquierdistas a partir de la redefinición de sus objetivos y metas, sin los prejuicios que imponía la obsesión por lograr la aceptación de la burguesía, como la única alternativa posible a la embestida cooptadora del régimen.

Por supuesto que Revueltas pensaba a la inversa de Lombardo, que el error de la Comintern y del PCM había sido hacer suya la política de “unidad a toda costa” del sexenio cardenista porque eso había acabado por diluir la lucha de la izquierda, así que había que empezar por descardenizarla, o más aún desgobiernizarla. La única manera realista y seria de cambiar la historia –el papel de toda izquierda-, y ganar posiciones, y el poder en su momento, incluso aunque fuera más largo ese camino, y más arduo, pero sin el costo de perder ni identidad ni comprometiendo principios.

Por eso él proponía la refundación del “partido de vanguardia”, la creación de un auténtico partido del proletariado mexicano con claros intereses de clase, mediante la “organización de la conciencia”, noción que él resumía en “pensar por la clase y para la clase” proletaria. Lo cual implicaba, de entrada, conocer la historia y la formación particulares de nuestro proletariado, “sus relaciones con las demás clases, el estado del desarrollo histórico del país, el peso específico que tiene la clase obrera, los problemas económicos y sociales que confronta en el país la sociedad capitalista y el nivel en que se encuentra, etc.” Todo lo cual permitiría en su momento “trazar la estrategia y la táctica a seguir por el proletariado” y “formular las consignas que la movilicen y la hagan luchar, pero por supuesto, no cualquier clase de consignas caprichosas o improvisadas, sino precisamente las que se necesitan” para hacerla eficaz en la lucha por el poder.

Para Revueltas un partido de izquierda tiene sólo una definición: partido de la clase trabajadora. Por ende, sostenía, el único socialismo posible es el que la representa. Tan simple como que el factor económico es determinante de las relaciones políticas, y no al revés.

Revueltas resumió en 1958 la doctrina del marxismo en una frase completa: “la única clase llamada a hacerle al ‘gobierno revolucionario’ una concurrencia política, es aquella que viene a ser la única que puede hacerle concurrencia económica”. Y ahí no hay de otra: la única clase que puede redefinir el rumbo de un modelo económico y productivo es la clase trabajadora.

En todo caso, la confusión ideológica de la izquierda tiene nombre. De nuevo lo escribió Revueltas hace más de 50 años: “locura brujular” la bautizó, cuando la aguja de una brújula se vuelve loca. Resultado en nuestro caso, ni más ni menos que de la sumisión de la izquierda comunista al viejo PRI, al PRI “bueno” que según ellos es más “presentable” que hablar de socialismo o de las tesis de Marx. También lo escribió Revueltas en su ensayo de 1962: precisamente por eso el Partido Comunista estaba imposibilitado de representar los intereses de la clase obrera. E identificó las tres corrientes que impedían su verdadera definición, las tres corrientes que “enajenan la conciencia de la clase obrera”: la que mantiene vigente la presencia dominante de la ideología de la Revolución Mexicana, la que se empeña en asociarse –y depender- de la clase obrera mediatizada y controlada por el PRI, y la que insiste en tener el control de la izquierda y manejarla con visión sectaria. Un “estalinismo chichimeca, bárbaro, donde el culto a la personalidad se convierte en culto a Huitzilopoztli y en los sacrificios humanos que se le ofrendan periódicamente con la expulsión y liquidación política de sus mejores cuadros y militantes”.

Algo, por cierto, sobre lo que habitualmente no se suele hablar y se rehúye discutir con el pretexto de “la táctica” –el eterno argumento del pragmatismo- en las filas de nuestra izquierda, una izquierda que lamentablemente sigue viviendo como si de verdad se hubiera acabado la historia, que tal parece que no se ha repuesto de la caída del Muro de Berlín y que sigue sintiéndose culpable de los errores y limitaciones del socialismo real, sin atinar a hacer la defensa de sus aciertos y ofrecer nuevos referentes esperanzadores, que nos ayuden a sacar del baúl la palabra innombrable: socialismo. Al menos como ideal.

¿Puede ser más sugerente el hecho de que haya quien ahora aconseje a nuestra izquierda –otra vez como en 1940- para que abjure de su postura “radical” en aras de ese moderantismo oportunista y se estén desaprovechando, por ejemplo, las tres grandes causas que le dieron identidad en los últimos 12 años: la lucha contra el TLC, la resistencia al neoliberalismo y la oposición a las reformas llamadas estructurales? Y eso por no hablar de las alianzas que se han hecho con la derecha y con exponentes paradigmáticos de la “mafia del poder”. Al contrario, se condena a voces tan lúcidas como las de Paco Ignacio Taibo II, y hasta se le achacan culpas y se le sataniza por “obstaculizar” la triunfal marcha hacia el poder.

Tan simple como que a los viejos y a los nuevos retos la izquierda ha aprendido a responder aparentando o de plano asumiéndose menos izquierda. Lo que en Italia ha sido llamado “buenismo” (buonismo), no otra cosa que la excesiva tolerancia con el orden social, la pérdida de radicalidad en sus posturas por miedo a ser tachada de chavista… o de comunista.

Me refiero a que mientras la izquierda mexicana se juzgue con el espejo de la derecha, y se sienta acomplejada por no parecerse a ella, renegando hasta del lenguaje crudo de los reclamos y las reivindicaciones; mientras no superemos esa vieja concepción, por cierto lombardista, que sostenía que la revolución de 1910-17 era el único ideal posible en nuestra realidad sociopolítica y que como había quedado inconclusa, la tarea del proletariado –y por ende de la izquierda- era presionar a la burguesía nacional para su culminación. O para regresar a ella. Mientras eso se mantenga como estrategia y como táctica, más aún como un dogma, nuestras posibilidades serán realmente limitadas. Y posiblemente hasta nulas.

No por nada llevamos ya varios intentos fallidos, frustrados, en que hemos estado a un paso de llegar al poder. Pero ahora que parece que en verdad es posible el triunfo, sería un suicidio negarse a analizar qué tanto han sido esos triunfos frustrados consecuencia justo del carácter tan Light de nuestros planteamientos y por el endeble nexo interno, es decir por la imposibilidad o desinterés en entablar auténticas alianzas de clases y por la visión que prevalece –predeterminada por lo electoral- acerca del carácter que debe tener la próxima transformación que necesita el país.

Tema que, sin duda, da para mucho más que esta reflexión.

Francisco Estrada Correa

Licenciado en Derecho (E.N.E.P. Acatlán), con especialidad en Análisis Político (Universidad Iberoamericana). Director-Tesorero y apoderado legal del Consejo Directivo de la Fundación Mexicana Bartolomé de las Casas, A.C. (1992-1994). Vicepresidente de la Fundación "Libertad" Francisco J. Múgica, A.C. y Director del Centro de Estudios del Liberalismo “Miguel Henríquez Guzmán” (1995 a la fecha). Secretario Técnico del Consejo Consultivo del Frente Amplio Progresista (2007-2011). Secretario Técnico de la Coalición Movimiento Progresista (2011-2012). Secretario Técnico de la Coordinación de la Campaña Presidencial de AMLO (2012). Integrante del Comité Redactor de la Constitución Alternativa para la Ciudad de México. Asesor del Grupo Parlamentario de Morena en la Cámara de Diputados para la Comisión Especial del Caso Ayotzinapa. Asesor del Grupo Parlamentario de Morena en la ALDF y en el Senado de la República. En 1984 Premio Nacional de Periodismo en Artículo de Fondo, por el Club de Periodistas de México, A.C.




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